UNA DE PIRATAS
Sexo, amor y humanidad
EL AMOR, EL BIEN Y LA TONTERÍA vs. EL SEXO, EL MAL Y EL GUSTO
No deja de resultar impactante la identificación que nuestra cultura sigue haciendo del amor con el Bien y del sexo con el Mal en los productos que genera para consumo de masas. Y digo que es impactante porque en los discursos oficiales el sexo está bien visto, incluso en algunos discursos religiosos −siempre y cuando cumpla determinadas condiciones−. Pero en cuanto las culturas dejan de lado esa cara formal de moralista culto, incluso campechano, de esos que dicen «Yo entiendo y acepto todo y no me duelen prendas; soy una persona moderna, abierta, inteligente y culta» y se les cuela por debajo de una puerta que parecía cerrada la patita del sentir no sometido a principios morales, las cosas cambian.
Esa “transgresión” de lo oficial por debajo de la puerta la operan los productos culturales −como cine, TV, etc.− que adquieren gran popularidad. “Gran popularidad” significa identificaciones en masa; son productos que encuentran camino expedito hasta el corazón y el entendimiento de la gente, y resuenan en ellos con un eco sonoro y no distorsionado. Reflejan la esquizofrenia que descoyunta nuestras vidas con valoraciones incongruentes del bien y el mal, del amor y el sexo, de la justicia y la trampa, de la ley y el engaño, del deber y la vitalidad, de lo espiritual y lo carnal, del esfuerzo y la vagancia , del orden establecido y la anarquía, de la virtud y el vicio, de la dieta y la gula, de la responsabilidad y la drogadicción, de la vida buena y la buena vida, de la seriedad y la chanza, del estudio y las piras…
Esos productos suelen presentar, por ejemplo, al amor como el Bien y al sexo como el Mal, como la pureza y la podredumbre, lo excelso y el barro, lo limpio y lo sucio, el idilio y el sudor, el cielo y el suelo, el espíritu y la carne/materia, como la promesa de un mundo que será mejor por estar transpenetrado por ese aire limpio, sano y potente, capaz de purificar toda la suciedad de la historia humana… … … pero a la vez que las hacen, suelen reírse de esas valoraciones a mandíbula batiente, dando a entender que las cosas son al revés y que ese mal que se genera es muy divertido, muy atractivo, que es incluso mucho más atractivo que el bien, que… sí, claro, está muy bien, pero… ¡qué quieres que te diga!
Y ahí vivimos tan panchos, en esa esquizofrenia de quejarnos de que el malo gane, de que el avispado se zampe al inocente, de que lo bueno esté podrido, de que el mundo esté plagado de sexo y el amor tenga tan poca fuerza para embellecerlo, etc. … y que eso nos parezca a la vez bien. Seguro que Vd. está pensando que no es así, que estoy desbarrando y que Vd. –y muchísima más gente, desde luego−, mantienen la coherencia de pensar, sentir y comportarse con integridad en los primeros términos de la supuesta esquizofrenia, fenómeno que en sus mundos no tiene lugar.
Y bien, supongamos que es así, pero miremos a la vez debajo de la puerta, a ver qué patitas se asoman poniendo en tela de juicio tanta integridad global. Analicemos uno de esos productos culturales que han conseguido grandísima popularidad, a ver si nos dibujan un paisaje esquizofrénico o más bien íntegro. Se trata de la primera entrega de la serie “Piratas del Caribe”, titulada La maldición de la perla negra. La factoría Disney creó esa saga para recuperar la taquillera diversión de las antiguas películas de piratas que hicieron las delicias de quienes tenemos edad suficiente como para haber vibrado y saltado de risa y ansia de aventuras con las felonías de aquellos piratas tan borrachos y divertidos, vitales a más no poder, malos de pacotilla pero ladrones y asesinos despiadados, subvertores de todos los órdenes, que siempre encontraban el tesoro y se casaban con la chica buena –que entonces era, además, modosita, pero siempre guapa−. Las películas acababan oportunamente en ese punto, porque a partir de ese momento se daba por supuesto que la dama les hacía entrar en cintura con su amor y las responsabilidades y obligaciones que éste impone, mucho más insobornables que las de las Coronas inglesa o española contra las que se rebelaban, y eso ya no era una aventura de interés peliculable –perdón por el palabro−.
Como eran películas para todos los públicos, la intención evidente era que en ellas –tras todas las peripecias imaginables− acabase prevaleciendo el Bien −entendido como amor, justicia y sana diversión− sobre el Mal, entendido como violencia asesina, sexo sucio, injusticia, conducta disoluta e irresponsabilidad. Pues bien, resulta que en esa película esos objetivos se cumplen sólo en parte, porque amor sí que hay, desde luego −amor de Hollywood, claro−, y es una parte clave de la trama, pero que la diversión no sea violenta, que no haya sexo y que no sea sucio, que el Bien y la justicia ganen por goleada al Mal y a la trampa, y que sean mucho más atractivos que éstos, que la virtud gane al vicio, que la vida buena y formal derrote a la buena vida… vamos a verlo.
Violencia sí que hay, y mucha, y con muchos muertos, aunque con poca sangre y entre risas, como es tradición en el género: numerosos sables se hunden en múltiples cuerpos que caen al mar lanzando cómicos alaridos de dolor y de horror ante la muerte que les espera, rodeados de otros cadáveres y tiburones enloquecidos por la abundancia de sangre; estruendosos cañonazos reducen a astillas navíos enteros con decenas de piratas y soldados que saltan por los aires; arcabuces y trabucos disparan a quemarropa a caras asombradas que mueren con gesto de idiota; la anarquía desbanca al orden, el pirata disoluto y borracho arrasa siempre a las fuerzas mojigatas e incapaces del orden establecido, dejándolas en ridículo y riéndose de ellas –y haciéndonos reír a todos− a dos carrillos; todo ello entre el entusiasmo de la chavalería y el público que, con rostros embobados profieren alaridos de placer ante la pantalla y hacen aspavientos de dicha… placer y dicha inocentes ante la profusa muerte y la anarquía en su peor definición. El caballo del malo siempre corre más que el del bueno, y eso nos hace muchísima gracia porque es una consoladora golosina para la extendida esquizofrenia de querer lo que no se desea y desear lo que no se debe querer.
Todo ello se considera atractivo, divertido y apto para todos los públicos: amor fiel, más fuerte que todo, violencia asesina y muerte. Todo ello cabe dentro del Bien… parece ser. Lo único que no cabe es lo no mostrable ni entre risas, la quintaesencia del mal… eso, lo peor de lo peor, peor que la muerte violenta y el destripe del orden establecido: EL SEXO. En la película no se ve a nadie follando ni desnudo ni en posiciones desvergonzadas o provocativas que puedan dañar conciencias inocentes; tranquilícese, la puede ver con sus hijos.
Bueno, sí, ahora que lo pienso, sí que se ve sexo, pero es entre los bárbaros, en Tortuga, la isla-refugio de los piratas. Allí hay de todo, trifulcas, violencia, borracheras, desmadre absoluto, piratas malolientes, pendencieros y tramposos, putas bastas, ebrias, pintarrajeadas, de enormes y apretados pechos… que sin embargo esperan ser amadas tierna y fielmente y se indignan cuando son engañadas con falsas promesas. Pero ¡en fin!, ¿qué se puede esperar de los bárbaros? O sea, sexo sí que hay, pero se deja claro que es algo que pertenece a la inmundicia humana, a lo más degradado de lo humano: el sexo es sucio.
Así que sí, como no podía ser menos, por debajo de la puerta y sin ser notado, el sexo también asoma su patita en la saga; el sexo sucio, claro, porque ¿es que hay otro, uno que sea limpio y sano? En la película, desde luego, no se ve, y si no se ve… por algo será. La contraposición no es “sexo sucio ↔ sexo sano y limpio” sino “sexo sucio y bárbaro ↔ amor puro de los pulcros ciudadanos ingleses y los protagonistas dignos” (los hay indignos). Al otro lado de la barbarie están el orden, la disciplina, la pulcritud de los ingleses –aunque son un poco tontainas− y su amor, que es puro, o sea, que no contiene ni una pizca de sexo. ¿Habría, con todo, que suponerles un sexo limpio y sano, aunque no sepamos muy bien en qué pueda consistir? … ¿será tal vez uno en que la lefa no sea pegajosa y no deje corronchos amarillentos en las sábanas de blanco inmaculado al salirse de…? ¡Uf, no!, ¡¡¡qué asco!!! Está más que claro, el sexo siempre es sucio y por eso ensucia… ensucia sábanas, cortinas y a quien se le ponga por delante.
Además, los ingleses practican una limpia y sana heterosexualidad –a ellos les gustan ellas, y a ellas, ellos, como debe ser− que contrasta con el baboso y asqueroso gesto de repugnante lujuria mariconera que el segundo del Capitán Barbossa, el enorme polla-negrazo que le acompaña, lanza a los dos cómicos piratas a quienes les toca la ¡¡¡vergüenza!!! de tener que travestirse de damiselas. [[[Y ¿qué hay más afrentoso y vergonzante para un hombre, aunque sea una piltrafa humana como los susodichos, que asimilarse a las mujeres?… ¡hasta ahí podíamos llegar! Esta es otra patita vergonzante que asoma por debajo de la puerta cerrada de la diversión para todos los públicos: ¡qué grande ser madre, pero qué vergüenza ser mujer! ¿Será que la mujerez –hoy tocan palabros− sólo se desinfecta con la maternidad? (¡toma patita!)]]].
Frente a esas repulsivas tendencias (¿mariconeo entre los piratas? … en fin, en Tortuga, que es el infierno en la tierra –un infierno muy divertido, por cierto− todo puede pasar) destacan con limpieza las figuras tópicas de ensueño: el chico bueno, honrado, fiel y sufriente (Will Turner) del que se enamorará con puro y compasivo amor salvador la chica buena −y buenorra, aunque sin las tetazas de las putas de Tortuga, porque ella no es puta, es una chica bien, decente, con problemas y hasta un tantito así feminista− (Elizabeth Swann), el tontaina (James Norrington), el pirata suertudo, valiente y despreocupado para quien la vida es sólo un juego divertido (Jack Sparrow), el cobarde repugnante que es quien más merece el castigo de la vida (Weatherby Swann), la tropa (piratas y soldados), ron y putas a voluntad (sexo, droga y rock & roll)… todos dispuestos a reeditar la sempiterna epopeya del Amor sin Sexo de dos Hombres-Protagonistas que evolucionan sobre el rancio tablero de juego de la manida pelea por una Dama-premio que asiste inocente y perpleja a esa lucha de gallos, pero que llegado el momento se ofrece resuelta a sacrificarse por amor, como corresponde a una mujer “como dios manda “ –todos-toditos los dioses y diosas, por cierto−.
¿Qué esperábamos? ¿Acaso creemos que puede haber amor sin sexo, hombres sin mujeres, hetero sin homo, orden sin desorden, norma sin anarquía, aventuras masculinas sin mujeres-premio (para lo que necesitan, más que el respirar, ser guapas y atractivas −las feas, ya se sabe, a Tortuga, que allí, bajo la niebla del ron cualquier “cosa” puede encontrar su oportunidad), masculinidad sin agresividad ni violencia… −aventuras que nos encandilan y emboban con la deslumbrante magia de la fabulosa publicidad con que las culturas mantienen sus esquizofrenias?
¿Qué os parece, entonces? Os invitamos al cine, a La maldición de la Perla Negra, a ver la realidad. Si tenéis ojos para ver podréis disfrutar de dos películas por el precio de una: la que productores, guionistas, actores y directores creyeron que hacían, y la que el apabullante equipo publicitario encargado de mantener el status quo de las culturas, entre bambalinas, filmó por encima de las conciencias de todo el mundo.
Reíd con el ojo saltón de Ragetti, con la astucia de Jack, el candor, destreza, arrojo y duro pasado del huérfano Will y la inocente y feminista macizorrez –perdón, nuevamente− de Elisabeth…
¡¡¡que no le mires tanto el generoso escote y los pezones marcados, guarr@, aunque aparezca continuamente así, que ni ella es tuya ni se lo ha puesto para ti!!!… nació así, vestida y despechugada, guapa de por sí, atractiva sin proponérselo, con todas las Oposiciones a Mujer-Premio aprobadas con matrícula.
… macizorrez que le ahorra tener otras habilidades. Por ser así, tal como ella es, y sin más, los hombres de la película desplegarán todas sus cualidades –que desde luego que las tienen− y se pelearán por ella, por tenerla y hacer de ella una reina: “Reina del Sexo” (para el Capitán Barbossa, para su tripulación de espectros, incluido el juguetón Jack, y para los piratas ebrios y tontorrones de Tortuga), o “Reina del Amor” (para Will, James, Weatherby); sólo tiene que escoger.
¿Qué le ocurriría si escogiese ser Reina del Sexo y caer en manos –y otros órganos− de la inmundicia de tripulación del Capitán Barbossa? La ocasión se le presenta cuando los cómicos Pintel y Ragetti le comunican la invitación del capitán a cenar con él; ella, muy digna, imaginándose la sobremesa, la rechaza: «¿sexo por sexo … sin amor?, ¿qué te has creído que soy, asqueroso?». Pero cuando le advierten de que, si no, tendrá que cenar con la tripulación … desnuda, la acepta asustada: de dos males inevitables, el menor. ¿Imagina ella qué le harían esos bárbaros? Y si, ya Reina del Sexo, cayese por Tortuga –bella sin pinturas, inocente y aún poco usada− ¿cómo la recibirían las desgastadas y pintarrajeadas putas que hasta ese momento eran el máximo objeto de deseo de los libidinosos piratas?, ¿quién la trataría peor, la tripulación de Barbossa o ellas? (¿será esto otra patita que asoma taimadamente?: ¿sororidad o rivalidad?).
Reíd y disfrutad, pero no perdáis de vista que, como cada día, cada hora y cada minuto, nos están dando gato por liebre, nos están vendiendo un deber ser esquizofrénico y, por eso, incumplible. Las películas sólo son realidad disimulada.
1. El primer elemento de la palabra de origen griego ‘disforia’, el prefijo ‘dis−‘, transmite la idea de dificultad, de que algo está mal; el segundo “for” proviene del verbo “ferein”, que significaba llevar. El conjunto significa que algo se lleva o se soporta mal, que produce malestar, etc. Disforia de género quiere significar, por tanto, encontrarse mal en el género propio, por haber contradicción entre el sexo biológico y lo que a la persona en cuestión le parece sentir que es. El concepto contrapuesto o antónimo, más conocido y usado que disforia, es “euforia”, donde el prefijo “eu-“ transmite la idea de bien, de que algo se lleva bien, con holgura y bienestar.
2. Miedo al desempeño o a no dar la talla es la forma técnica de expresar la inseguridad de los hombres cuando, ante situaciones sexuales, se preguntan: ¿se me levantará o no se me levantará?, y si se me levanta ¿lo hará suficientemente?, ¿durará?, ¿me correré demasiado rápido?, ¿haré el ridículo?, ¿se reirá(n) de mí?, ¿la tendré demasiado pequeña?, etc. El miedo es, a veces, tan fuerte, que provoca la renuncia.
3. Hartmann, W. y Fithiam, M. (1984) Las técnicas del placer. Barcelona: Martínez Roca.
4. Según estadísticas del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, actualizadas a noviembre de 2019, el número de abortos realizados en centros públicos y privados de España ha subido de un 1,9 por mil mujeres en 1987 a un 11,12 por mil en 2019 (unos 90.000), con el pico más alto en 2011, cuando se llegó a un 12,47 por mil (unos 110.000) [[https://www.epdata.es/datos/cifras-aborto-estadisticas/247/espana/106]]..
Se atribuye el descenso observado desde 2011 a 2019 a la posibilidad de adquirir sin receta la pastilla del día siguiente desde 2009 (PAU o Programa de Anticoncepción de Urgencia), de la que las farmacias españolas han distribuido más de siete millones de dosis en estos diez años [[https://www.eldiario.es/sociedad/Pildora-dia-despues-anos-educacion_0_948755861.html]], cifra a la que hay que sumar las adquiridas directamente de los laboratorios por organismos autonómicos para su distribución gratuita en hospitales y centros de salud, que en 2004, cuando aún hacía falta receta médica, fue cercano al 50% más: de 365.000 PAU distribuidas con receta médica por las farmacias, a un total de 600.000 pastillas consumidas [[https://www.elmundo.es/elmundosalud/2005/04/13/mujer/1113413201.html]]. Este último informe constata un aumento del 10% en el consumo anual da la PAU en 2004; si esa tendencia se ha mantenido, en 2019 se habrían consumido 1.500.000 dosis. A ello hay que sumar las pastillas adquiridas por Internet, cantidad difícilmente determinable pero con la que hay que contar.