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La ocasión le llegó una vez en que ambos escalaron una cumbre de relación distinta de las que solían alcanzar, muy distinta. El esfínter anal de Alda ya estaba entrenado y ambos gozaban de penetrar y ser penetrados. Eso iba bien.
Per un día, un hermano de Alamedar falleció en un accidente de tráfico y éste cayó en una desesperación dolorosa y profunda. Hadeit estuvo con él en todo momento. La noche del funeral, ya en la cama, Alamedar no hacía más que llorar y abrazar con impotencia a una Hadeit que no se atrevía a tomar ninguna iniciativa: que él pidiese, allí estaba ella para lo que necesitase, en plena congoja de empatía y dolor compartido. En un momento Alda sintió la necesidad apremiante de ser penetrado y así se lo dijo a Hadeit.
− Quiero que entres en mí, necesito abrazarte dentro, quiero sentir tu vida, hoy necesito tu vida –y la abrazaba con fuerza y ternura suplicantes.
Hadeit se sorprendió, tal vez no era eso lo más apropiado en aquel momento. Su pene estaba fuera de juego, pero oír llamarlo vida le inspiró. Se abrazó más fuerte a Alda, apretando el contacto de los sexos y comenzando a mover su cadera sobre el ya recrecido miembro de su compañero –Hadeit no salía de su asombro, ¡en aquella circunstancia!− Eso le inspiró aún más y en poco tiempo estuvieron en disposición de cumplir el deseo de Alamedar. Este se puso debajo y Hadeit encima y comenzaron a follar y llorar, a llorar y follar. La congoja desbordaba el corazón de Alamedar, que gemía desconsoladamente. Hadeit hizo amago de parar un par de veces, por piedad, pero un Alamedar indigente de caricias le conminó a continuar… y continuar fuerte. Con tantas emociones encontradas, la erección de Hadeit no era todo lo potente que la ocasión habría requerido, pero servía, él ponía toda su voluntad y su compasión infinita, y alimentaba su erección con la necesidad que Alamedar tenía de él y de su pene. No entendía lo que estaban haciendo, pero lloraba, lloraba y follaba, lloraba con Alda, follaba con Alda.
Y el llanto le habló, le dijo que esa penetración era un acto sagrado, el momento sobrenatural en que se ponían en contacto los dos misterios más hondos de la existencia: la vida con sus pasiones incontrolables y la muerte con sus incógnitas insondables. Y, sorprendentemente, no se rechazaban, se comprendían, caminaban juntas al ritmo intenso de una penetración profunda, ofrecida y recibida desde el núcleo más humano de dos personas abiertas de par en par la una a la otra, sin rincones cerrados, sin cámaras secretas, sin individualidades celosas de una intimidad mía apartada de ti. «Mi intimidad eres tú –se habían dicho en muchos momentos de sinceridad apasionada−; para qué quiero secretos contigo, recintos defendido contra tu presencia».
En la furia de follar, abrazar y llorar, el corazón de Alamedar se hizo trizas, su personalidad se desmembró, se convirtió en nadie y en todos, un ser anterior a las divisiones de la carne, y en un momento de pasión descontrolada lo dijo:
− Quiero que me folles para siempre, quiero tenerte dentro para siempre, quiero que todo tu semen se derrame en mí y tener un hijo contigo para que me habites desde dentro y desde fuera. Hazme un hijo, hazme un hijo, Hadeit, hazme un hijo –lloraba quedamente mientras suplicaba con el apremio de aquél a quien le va la vida en lo que mendiga.
Seriedad, seguridad, fuerza, empuje, núcleo, intensidad, determinación, urgencia, cuerpo y alma exprimiendo su esencia más profunda, ¿el sentido de la vida?
La súplica paró en seco el movimiento de Hadeit, derribó como un huracán los juegos aún infantiles de su vida y le extrajo con violencia el último aliento de su existencia anterior. Golpeada por un éxtasis súbito cayó fuera de sí sobre el cuerpo del hombre, manoteando, llorando y gimiendo porque sentía que la vida se le abría en una de las dimensiones más esenciales de la naturaleza humana, animal y mineral. Nunca nadie le había pedido algo tan íntimo y tan profundo, tan de verdad y tan cuajado de consecuencias: ser padre-madre con él. Sintió de pronto que de sus pezones fluía, una vez más, una leche dadivosa, mansa, amorosa y cálida. Alamedar la quería, Alamedar la veía, era alguien para él, alguien con él, y sentir eso la introdujo en lo inefable, en lo sagrado, en la fusión mística que cantan los santos, pero no divina sino humana: humana y bien humana, que es lo único que está a nuestro alcance. ¿Fundirse con un dios? … ¿Qué es eso? Fundirnos con otro ser humano y conseguir llevar una vida cada vez más humana, eso sí es una meta desafiante; lo demás le parecían escapismos.
Acusó el golpe en el alma misteriosa que tenemos tras el ombligo, hacia dentro, en el centro geográfico de la vida, en el eje cárnico de la existencia. Tuvo que llegar a la muerte, a esa muerte súbita de todo el pasado, perpetrada por aquellas palabras-daga de su pareja, para encontrar vida, la vida, ese misterio que se trenza alegre con la muerte y que tan mal sabemos cabalgar. Sintió sus pechos, que seguían manando leche, y se vio madre y padre, padre y madre de esa nueva entidad que formaban entre los dos, de ese hijo que se había ido gestando desde que se conocieron y que estaba naciendo en ese momento: una pareja pegoteada por el amor, el sexo, la vida, la libertad y la interdependencia, que empezaba en el abrazo que los unía y que los convertía en seres un poco más humanos cada día. El imán de la carne y la leche de sus pechos obraría el milagro de esa unión, esa fusión última de intimidades. Para eso los tenía −se dio cuenta− para eso, sólo para eso tenía sus pechos. Hasta ahora había jugado con ellos: ahora empezaban a manar vida para los dos, Hadeit y Alamedar.
Dejaron de follar y de moverse y simplemente se abrazaron más fuerte, sin besos, sin palabras, sólo llanto dulce, leche de pecho suave, lágrimas, mocos, salivas, babas, congojas en las gargantas, sudor, líquidos sin cuento derramados por penes muy erectos y escondidos, todo humedad alrededor y empapando almohadas y sábanas… ¿No fue en la humedad donde comenzó la vida?
Esa vez no se corrieron. Ya habían llegado al orgasmo más alto accesible al ser humano y eso lo rebosaba todo, no dejaba huecos que exigiesen ser rellenados por nada más.
Al cabo de un rato los ánimos se fueron calmando y llegaron las risas, al principio acongojadas, y después francas. No se podían creer lo que había ocurrido, pero sí, había pasado. Era la locura más absoluta, la anarquía total, subversora de todo mandato real, imaginado e imaginable. Nada era normativo, todo era imposible pero real, todo extraño pero cierto, todo del revés y a la vez del derecho. No había hombre ni mujer separados que se juntasen con amor o sexo separados, sólo dos fuerzas vitales con nombre propio, Alamedar y Hadeit, Hadeit y Alamedar, nada más, ninguna otra definición, sin imposiciones, libres de ser lo que eran, lo que eran en ese momento y lo que serían mañana si su ansia conseguía mantenerlos sin definición, si conseguían seguir siendo sólo Hadeit y Alamedar, algo tan fácil y a la vez tan difícil.
Alamedar se dio cuenta de lo que había pasado. Ahora entendía de verdad a Hadeit. Desde ahora también él estaba fuera de toda definición, fuera del juego cultural de una pretendida, pero imposible y traidora normalidad. Cuando contasen que Hadeit tenía pene tendrían que contar, también, que Alamedar habría querido concebir un hijo de ella. Ahora se encontraba, como Hadeit, con el culo al aire, que es la descarnada posición humana real en la vida. Cualquier seguridad es falsa, cualquier prenda que nos disimule la raja del culo es pasajera, pues todo, seguridades e inseguridades, nos dirigen con paso certero e imparable a la incógnita última, la muerte, ante la que quedaremos, entonces sí, con todo el culo al aire, pelado y roto por la mitad.
¿Alcanzar la intimidad última con otro ser humano es, acaso, una droga alucinógena, una sustancia que nos hace ver e imaginar lo que no puede haber? ¿O es, más bien, una droga lucidógena, generadora de lucidez, que nos saca nuestras últimas verdades, aquéllas que están escondidas en las sentinas de nuestro existir porque no pueden convivir con la realidad que hemos creado? Un ser con testículos, pene y pechos que dan leche, pero sin ovarios, útero ni vagina, y otro ser, también con testículos y pene funcionales, cuyo deseo nuclear es quedar embarazado de su pareja: ¿se puede imaginar algo más ajeno a la realidad? Y sin embargo, ahí estaban ellos dos, desafiando alegremente la normalidad con su inocente y definitiva existencia.
¿Ellos dos o ellas dos… o qué?, ¿qué eran o en qué se habían convertido? … ¿o tal vez habían llegado, por fin, a ser lo que desde siempre habían sido sin percatarse de algo tan simple e indefinible como real: Hadeit Monthalhim y Alamedar Homea.