PEQUEÑAS  BLASFEMIAS

¿¡Olé! o ¡Namasté!?

 

En recuerdo cariñoso de Tuti Reizabal.

 

        Tarvy Eybliss se aclaró la voz y declamó e su tono habitual, las frases que, repetidas al comienzo de cada emisión, conferían identidad propia al Programa:

− Aquí comienza una nueva entrega de “Pequeñas blasfemias”, programa que se emite para toda la Galaxia contra el criterio y sin el nihil obstat de la autoridad espiritual competente.

        Y alzando la mano en un gesto envolvente dio paso a la cabecera musical.

       Quince años de tiempo galáctico de emisión semanal continuada y más de treinta y siete mil ochocientos millones de espectadores fieles, hacían que se pasase el no hay problema de la autoridad espiritual (in)competente –como solía decir sin demasiados ambages cada vez que se le presentaba la oportunidad −… por ahí. Al principio fue una pelea agria, pero al poco la Cadena se percató de que el Programa salía beneficiado: el tufillo contestatario que el enfrentamiento a una autoridad espiritual sentida por mucha gente como una antigualla impresentable le confería, vendía bien, muy bien.

        El título del Programa declaraba bien su contenido: “Pequeñas blasfemias”: en cada emisión“Tutti Saturno”–su mote popular− levantaba postillas de la historia y de la cultura que en su mayor parte se veían sólo como rarezas curiosas que sólo ofendían en muy escasa medida. En esas ocasiones el indicador de entrada de comunicaciones a la Cadena desde la Galaxia se mantenía con poca actividad. Pero cuando se solazaba levantando postillas espiritualmente “sagradas” o “venerables”, la cosa cambiaba, las blasfemias de ese día suscitaban una fuerte oposición, y varias instituciones espirituales de gran poder e influencia habían protestado enérgicamente por ello. La Cadena, en un insólito arranque de generosidad interesada, se portó bien con Tutti Saturno y llegó a un acuerdo con las instituciones ofendidas que había impedido el cierre del Programa: que se dejase bien claro al comienzo de cada emisión que no aprobaban ni la idea ni los contenidos; de ahí la frase con la que el Programa debía comenzar.

        Como contrapartida Tutti Saturno tuvo que admitir interrupciones desde la Dirección de la Cadena porque –decían− demasiadas veces se iba por las ramas. Aunque estaba claro que se trataba de una censura velada, la excusa era cierta: en su cabeza los temas se enlazaban en rápidas conexiones que a veces se alejaban del motivo principal. Cuando eso ocurría –y cuando se le subía la acidez también− recibía un fuerte “¡piii!” por el pinganillo y tenía que cortar abruptamente el discurso y regresar al tema central. Ese era el contrato. Al principio se exasperaba, pero cuando comprobó que eso constituía una publicidad gratuita y que la Cadena recibía numerosísimas cartas al respecto, a favor o en contra de determinadas interrupciones, tanto daba, lo aceptó incluso con regocijo y encontró la manera de sacarle partido.

− El programa de hoy versará sobre dos curiosas costumbres que se implantaron en la Tierra hace muchos milenios y que pueden hacernos reflexionar sobre algunas conductas actuales nuestras. Lo hemos titulado “¿¡Olé! o ¡Namasté!?”

        Así comenzaba esta vez el directo. La emisión se recibiría en Marte y en Ganímedes sin demora apreciable, en los siete planetas habitados de Alpha Centauri, en treinta y dos minutos, y en los mundos más alejados la demora no pasaba de cincuenta y tres minutos. El formidable desarrollo de la Gravítica, impulsado por el grupo Nivets-Nihe, permitía esa pasmosa “simultaneidad”. O sea que sí, se podía decir que era un programa en directo.

− En edades muy alejadas de la nuestra, el continente euroasiático de la Tierra…

        Las historias referidas a la Tierra seguían teniendo tirón. Al fin y al cabo era la Casa Común, el Origen, la Primera Morada, la Cuna…; en ella se produjeron las primeras evoluciones naturales; en ella nacimos como especie; en ella transcurrieron la infancia y adolescencia de unos seres aún desorientados entre la animalidad y la humanidad; en ella se crearon y abandonaron los primeros dioses, y desde ella nos lanzamos a buscarlos al espacio infinito; en ella fuimos prístinos e inocentes, culpables y sanguinarios, ángeles y demonios. Por eso hablar del pasado de la Humanidad en la Tierra aseguraba una actitud nostálgica, cariñosa, optimista y benevolente en la audiencia. Tutti Saturno prosiguió:

− … terminaba en su punta suroccidental en una pequeña península que un pueblo belicoso y conquistador proveniente de otra península situada más hacia oriente, conocida como Italia −los romanos− llamaron Hispania. Estos llegaron a la península poco antes del comienzo de la histórica Era de Jesucristo. Desembarcaron en un golfo amplio y propicio del noreste de la península, denominado Emporion, y en poco tiempo conquistaron amplios territorios arrebatándoselos militarmente a otros pueblos autóctonos o conquistadores previos, o pactando con ellos, que en muchos casos…

− ¡Piiii!

− ¡Vaya, ya empezamos! –pensó llevándose la mano al oído y bajando un poco el volumen del aparatito.

        Dirigió la mirada hacia una pequeña cabina a su izquierda y saludó con sorna poco disimulada a Etzigar −en quien había recaído la poco agradable tarea de la censura− que le devolvió el saludo con cansina resignación. Se dedicaron cortésmente mutuas sonrisas asesinas fatalmente disimuladas; con esas gesticulaciones comenzaba hoy el teatrillo espontáneo de desavenencias que daba al Programa un valor añadido, estudiadamente patente y encubierto.

− Ya ven, me siegan el contenido histórico –Etzigar hizo un gesto de impaciencia−. Pues bien, les comentaba que el extremo suroeste del continente euroasiático estuvo formado por un apéndice en forma de península que los primeros en considerarlo una unidad, los romanos, llamaron Hispania. Posteriormente otros conquistadores lo llamaron Al-Andalus; otros más tardíos lo llamaron España, aunque para entonces el territorio ya se encontraba desmembrado…

− ¡Piii!

− ¡Que sí, pelma! −iba a exclamar, pero se contuvo−. ¡Ya ven Vds.! –se dirigió a la audiencia−, hoy tampoco nos pondremos de acuerdo.

     Hoy esa península prácticamente ha desaparecido tragada por el mar tras las violentas catástrofes geográficas producidas por el deslizamiento de la placa tectónica africana sobre la euroasiática haciendo surgir la enorme cordillera norteafricana, hundiendo Hispania en el mar y abriendo el enorme y tempestuoso Canal Pirenaico que desde entonces comunica las aguas atlánticas del oeste, más altas y frías, con las más bajas y cálidas del mar Mediterráneo…

− ¡Piiii!

− ¡Un saludo desde mi culo! ¡Otra vez me han cortado! –imaginó los aspavientos cómplices de la audiencia, pero no lo había podido evitar. Esos arranques daban atractivo y un esperado interés cotilla a la emisión, y en esos momentos las cámaras retransmitían sus gestos con fruición y detalle−.

     Bien, a ver si me centro. Por lo menos me dejarán decir lo que he venido a contar… espero. Vamos al ¡Olé! y al ¡Namasté!. Sucedió, no mucho antes de las catástrofes finales, cuando la antigua Hispania estaba dividida en un territorio llamado España y otro, más pequeño, llamado Portugal, que hubo una guerra civil en el territorio España, que duró tres años, desde 1936 al 1939 de la Era de Jesucristo. En aquel entonces…

− ¡Piiii!

− ¡Eh, que esto sí toca! –protestó; y señaló con impaciencia el guión flotante como para recriminar a Etzigar que había que mirarlo antes de la emisión−. Escucha y te enterarás, y a ver si de paso aprendes algo –gesticuló hacia Etzigar parapetado tras una mano abierta para que su gesto y su voz no se difundiesen directamente, pero quedase patente que había dicho algo faltón−.

     Decía –y diré, si me dejan− que en aquel entonces había un personaje famoso en toda la península, de norte a sur y de este a oeste: el torero. Era éste una suerte de artista  que se jugaba la vida delante de las astas de un toro –no explico qué tipo de animal era ése para que no me paren otra vez, pero la audiencia puede proyectarse la primera tanda de imágenes que hemos anexado a la emisión−.

     Como pueden apreciar por su porte, el animalito no era una broma. Embestía de lo lindo y se había desarrollado un protocolo, parte técnica y parte arte, para engañar sus embestidas y acabar matándolo con gran elegancia en un ruedo de arena amarillenta, entre los vítores del público, que asistía en masa. Eso si todo salía bien y si no era el toro quien malhería o mataba al torero, algo que también ocurría a veces. El público celebraba cada lance resuelto con arte rugiendo un “¡Olés!” de musicalidad y volumen crecientes. Y si la faena completa había colmado sus expectativas se lanzaba a la arena a vitorear y pasear en volandas al torero, que recibía las orejas y el rabo del imponente y peligroso animal como trofeos.

     El origen de la tauromaquia, que así llamaban ese arte de lidiar toros, no está claro pero según muchos autores se remonta…

− ¡Piiii!

− ¡Vale, vale, ya vuelvo! Esta vez tenías razón. Ya ves que admito de buen grado las cosas… cuando tienes razón –Etzigar enarcó las cejas y obsequió a Tutti Saturno con un displicente palmo de lengua. Con una sonrisa –la verdad es que se tenían cariño – éste continuó:

     La vestimenta del torero se llamaba “traje de luces” y resultaba deslumbrante comparada con los ropajes oscuros de los campesinos y obreros españoles de la época, y por eso, o por lo que fuese, el torero se había convertido en una suerte de héroe nacional: los hombres soñaban con su apostura y valentía, y las mujeres quedaban prendadas de su figura ceñida y ajustada, del arte de su baile ante el toro y de su arrojo y aplomo sin límites ante el peligro. Llevaban vidas brillantes y disolutas –a veces ciertas y otras inventadas para alimentar el mito− a los ojos de las repetitivas vidas de la gente común, y eso les hacía inmensamente atractivos para éstos. Todo el espectáculo era tan importante que los lances de lidia se conocían como la “Fiesta nacional”, España misma era denominada “la piel de toro” y ese negocio movía cantidades ingentes de riqueza, que en aquél entonces se conocía como “dinero” −perdonen Vds. que no entre en la descripción de este importante fenómeno, pero veo que ya me están amenazando otra vez con el timbrazo… no se puede ser libre−.

        Etzigar se alzó con enfado de su silla: no era cierto, de hecho se había empezado a dormir. Esta vez fue Tutti Saturno quien enarcó las cejas y le dedicó una sonrisa burlona. No se cortaban de mostrar estas efusiones, pues los comentarios del público demostraban que eran un ingrediente que esperaban con buen ánimo, incluso con avidez. Continuó, relamiéndose por su momentánea victoria:

− Quienes asistían a las “corridas” –así se llamaba el conjunto de los lances de lidia− se ponían sus mejores galas. Las mujeres, en concreto, con muchas diferencias según la región de que se tratase y el status social, podían llevar peinados exuberantes, peinetas altas, pañuelos, claveles en la oreja, vestidos ceñidos que marcaban y resaltaban sus formas… Era todo ello una auténtica feria de las vanidades que empezaba antes de la corrida, continuaba tras ella y se metía de lleno en la vida diaria de los españoles.

      Pues bien, en la Guerra Civil se enfrentaron dos ideologías que por entonces dominaban el mundo, y eso hizo que mucha gente de fuera −europeos, norteamericanos, etc.−, que participaban de esas ideologías, viniesen a luchar a España para defender la suya propia y evitar el avance de la contraria. La contienda fue encarnizada y sanguinaria, pero los extranjeros que sobrevivieron, tanto de un bando como de otro, quedaron subyugados por la forma de ser de los españoles hasta límites que hoy nos hacen sonreír, como podrán comprobar.

     Cuando la represión sobre los vencidos que siguió a la guerra se fue diluyendo y España se abrió al mundo, muchos de esos excombatientes adquirieron la costumbre de regresar durante algunos periodos a la península a empaparse de sol y de algo más: consideraban que el español era un espíritu original, inocente, franco, sin malear; en la España de entonces veían una tierra de promisión que podía devolver la frescura perdida a sus evolucionadas pero tristes –así lo sentían− sociedades. Y así se dio comienzo a algo que raya en lo increíble: si no, juzguen Vds.

        Tutti Saturno casi podía sentir la expectación que había sabido crear. Hasta le pareció que Etzigar y el personal de rodaje estiraban las orejas. ¡No sería verdad!

− En aquellas lejanas épocas el tiempo de las personas se dividía entre unas horas que llamaban “trabajo” −que era un tiempo que hoy consideraríamos esclavo−  y otro que llamaban “ocio”. Dentro de este último había períodos de asueto que llamaban “vacaciones”. Estos eran a veces algo prolongados, lo que les permitía desplazarse a lugares alejados de sus residencias y pasar allí unos días, descansando y conociendo gentes y lugares nuevos. De ellos solían regresar con recuerdos característicos del lugar, que llamaban “souvenirs”, que luego colocaban como adornos en sus casas o regalaban a sus amigos, y que les reconectaban desde la lejanía con las experiencias vividas en las vacaciones. Como los períodos vacacionales eran tacaños en comparación con los de trabajo esclavo, el recuerdo de esas experiencias les resultaba especialmente grato e intentaban mantenerlo vivo retrasando lo más posible la reimplantación de las rutinas laborales que, en general, sentían como agobiantes.

     El caso español fue de lo más curioso. Según cuentan crónicas bien documentadas que he investigado con ahínco ante lo sorprendente del caso, muchos hombres extranjeros regresaban a sus países con un traje de luces, y muchas mujeres con algunos de los trajes y adornos más llamativos que habían visto… ¡y los usaban en su día a día! ¡Como lo oyen!

     Era frecuente ver por las calles otoñales e invernales de Liverpool, Berlín o cualquier pueblo de las montañas de Oregón hombres altos, a veces rubios, que salían de sus casas vestidos de torero, con su montera, chaquetilla curra, taleguilla ajustada, medias rosas, capote y zapatillitas de lazo, como si estuviesen haciendo el paseíllo en un ruedo taurino de la España vacacional. Sentían que vestirse así los devolvía durante unas impagables horas al paraíso de autenticidad que les había seducido en sus vacaciones. Y cuando se cruzaban con alguien conocido, en lugar de los acostumbrados “¡Hola!” o “Buenos días”, se ponían de puntillas y le hacían un pase torero con el capote o la montera, a la vez que le dedicaban –pronunciándolo como podían− un sonoro “¡Olé!”.

     Por su lado, las mujeres se enfundaban en trajes tan ajustados que casi les impedían respirar y andar, se adornaban con peinetas, toquillas, pañuelos, floripondios, abanicos, claveles (artificiales, habitualmente), moño tirante, pendientes, anillos y demás parafernalia e iban a trabajar o a pasear, vestidas de auténticas “manolas” o “chulaponas” –realmente no distinguían entre ambos tipos de mujer española−. Saludaban también a quien se pusiese a tiro con un musical “¡Olé!”, y todo eso les calentaba el alma regresándolas al sueño del verano.  

     El espectáculo más impactante tenía lugar cuando se encontraban por la calle o en el trabajo un torero y una manola. Comenzaban una danza uno alrededor del otro que quería ser seductora, en la que el torero masticaba con su pesada lengua extranjera algún piropo apasionado, mal aprendido en las calles de Sevilla o Jerez, mientras ella se cubría la cara con el abanico y entornaba pudorosa sus ojos, quizás azul celeste, enmarcados en un negro gitano.

     Durante esos momentos sentían de nuevo el sol intenso sobre la piel, las cálidas noches españolas embriagadas de jazmín y azahar, escuchaban de nuevo el griterío y la vida que bullía por calles y plazas, revivían la pasión azuzada por unos ojos negros o un talle galán, y el corazón se les encogía un poco: allí había una verdad auténtica y ellos la habían vivido, habían tenido esa suerte. Ahora era sólo cuestión de mantener encendida la llama. Por eso se vestían como se vestían y salían así a la calle a mantenerse vivos, salían a provocar que les ocurriesen cosas, sentían que por fin agarraban la vida, que no era ésta quien los manejaba, sino ellos quienes tenían el mando.

        Tutti Saturno se percató de las caras de pasmarote con que escuchaba todo el mundo en el estudio y se deleitó imaginando las expresiones de incredulidad de la gente en sus casas. Sin embargo todo estaba bien documentado. Se felicitó: a veces era simplemente genial. Quiso seguir jugando:

− Visualicen el material anexo a la emisión. La instantánea que más me gusta es la tercera: un hombre del norte de Europa, que medirá casi dos metros, fornido, de ojos verdes, a punto de reventar un traje de luces, con la montera bailando sobre un abundante cabello rubio rizado, caminando con sus zapatillas de lazo sobre un manto de nieve que se adivina espeso, mientras a su alrededor la gente va enfundada en gruesos abrigos y bufandas.

     Impagable, ¿no creen?

        Dejó un poco de tiempo para que se pudiesen contemplar con tranquilidad y detalle las imágenes anexadas.

− No se pierdan el vídeo séptimo; ¿lo tienen a la vista…? Es una pareja manola-torero que se encuentran en la calle y él le hace un requiebro a ella. No puedo traducirles lo que le dice porque ni los programas más refinados de interpretación de lenguas antiguas han conseguido entenderlo, supongo que porque la pronunciación será apoteósica. Tras el requiebro, y con sonrisa franca, ambos se acarician mutuamente el aire con un revuelo torpe, y cada cual continúa su camino sintiéndose españoles y, por tanto, conectados a la vida. Saben, desde ahora, que por ahí, en algún lugar, circula un alma gemela movida por los mismos ideales.

        Esperó un instante a que los sentimientos sugeridos por sus palabras calasen, y cambió el registro de voz nostálgica por uno más narrativo e impersonal.

− Esto duraba unos meses, hasta que la realidad diaria se iba imponiendo, y los trajes de luces y las peinetas pasaban a los armarios esperando alguna fiesta que, la mayoría de las veces, ya nunca llegaba.

     Un español cualquiera habría considerado que los cuadros que ofrecían estos personajes disfrazados de españoles sin serlo en lo más mínimo, iban de lo risible a lo asombroso pasando por lo ridículo, espantoso, estúpido, de vergüenza, etc. No sabían qué hacían, cuál era su significado, no atisbaban ni de lejos los sentimientos profundos que se despertaban en un español que hubiese nacido y vivido en esa época a la vista de un chulapo, una manola, un mercadillo gitano o una pandilla de críos correteando descalzos por las calles de la España de 1950.

     Quienes se disfrazaban eran personas respetables, y su intento, encomiable: demostraba que no estaban definitivamente dormidos, que aún quedaba un rescoldo de esperanza para ellos. Pero en la forma en que lo hacían, todo era falso: era esperar conseguir ser lo que no se es a base de embutirse en un traje que no te corresponde.

     Un refrán, a mi parecer, sabio, que he recuperado de aquellos tiempos, decía «El hábito no hace al monje»: parece que aquellos personajes no pensaban lo mismo, y confiaban en que les llegase gratis de fuera lo que habían perdido por dentro.

     Los productores españoles de todos los artilugios que los extranjeros compraban al precio que les pidiesen, se hicieron de oro, el comercio asociado a la “Fiesta brava” floreció, y en las calles de pueblos y ciudades españoles se colgaban letreros que rezaban “Compre aquí la auténtica montera de morillas” o “El auténtico capote torero de Casa Gálvez. Maestros de tradición desde 1850”, y reclamos por el estilo. Los extranjeros gastaban gustosamente su dinero adquiriendo, cada vez más caros, productos de dudosa autenticidad porque creían que compraban alma… y el alma no tiene precio.

        Tras estas palabras le hizo a Etzigar la señal convenida para que introdujese la música que anunciaba el intermedio de la emisión, dando por terminada la primera blasfemia.  Tutti Saturno disponía ahora de unos minutos para recolectar la admiración de los presentes y engordar un poco su Ego, lo que, después de tanta interrupción, no le vendría mal.

− No me has vuelto a interrumpir, ¿eh?

− Psss

− Te corroe la envidia, eso es lo que te pasa, porque te he tenido pendiente del relato, ¿a que sí?

− Oye, si te va a explotar el Ego sal fuera, no me pongas perdido el estudio.

        Tutti Saturno rió de buena gana, se levantó, estiró las piernas y comenzó a andar de un lado al otro del estudio mientras dejaba que el resto del guión apareciese de forma espontánea ante sus ojos. Le hizo una broma a Mle sobre si su mejor perspectiva era la izquierda o la derecha, y se acercó al Programa de maquillaje para comprobar el estado del suyo.

− ¡Casi perfecto! −le anunció la voz enlatada−. Ven, que te arreglo una sombra en el párpado izquierdo que desdice de tu arrebatadora belleza.

        Tarvy se sentó riendo en la máquina y en un instante ésta le informó de que todo estaba como tenía que estar. No notó la diferencia, pero añadió:

− Eres la mejor. Recuérdame que te nombre en mi testamento.

− Pues mira, ya que lo dices, me encantaría un traje de manola con todos los adornos; concretamente el de la instantánea vigésimo primera; ¡la peineta alta me fascina!

− Ja, ja

        La satisfacción se le desbordaba por la sonrisa. El chivato luminoso de entrada de comunicaciones desde el sistema solar apenas había parpadeado; faltaban por llegar las de los planetas más alejados, pero, por lo general, no solían diferir mucho. Por extraño que resultase lo relatado, nadie se había sentido molesto por aquella pequeña blasfemia. Era lo esperable: los ardores patrióticos eran cosa de un pasado ya lejano. Hispania había desaparecido bajo las aguas y la proyección galáctica de la Humanidad había confinado todos los patriotismos a los libros de Historia Antigua. Con la Tierra convertida en un Centro de Procesamiento y Documentación, las diferentes comunidades planetarias tenían más contactos con el exterior que con el interior de sus planetas. El trasiego interplanetario de gentes que iban y venían se había hecho demasiado constante y abundante como para que se produjesen apegos territoriales fijos y distintivos. El firmamento estaba al alcance de la mano y el mundo había crecido desmesuradamente: se prefería mirar hacia arriba que hacia abajo.

        Más le inquietaba la “blasfemia” que iba a presentar en la segunda parte del programa pues afectaba a ciertos usos que giraban alrededor de la espiritualidad, y ésta sí se había mantenido desde los tiempos antiguos. No se habían perpetuado confesiones religiosas concretas, pero formas espirituales antiquísimas como el animismo seguían boyantes. Más le valía andarse con ojo si no quería perder demasiado tiempo aplacando ánimos de oyentes de todo pelaje.

        Escuchó el aviso de recomienzo de la emisión y se dirigió a su estrado. Aprovechó que tuvo que cruzarse con Etzigar para bromear:

− ¡Hey, Etzi!, que te has olvidado el pulsador en la consola de gravedad.

        Etzigar se volvió para comprobarlo, a la vez de que se daba cuenta de que había caído en una trampa: el pulsador no era móvil. Le dirigió una dentellada no muy cariñosa, se encerró en su cabina y conectó la sintonía de reentrada.

− Con Vds., de nuevo, “Pequeñas blasfemias”, programa que se emite para toda la Galaxia contra el criterio y sin el nihil obstat de la autoridad espiritual competente. Unos minutos más conmigo, Tutti Saturno, para contarles nuevas historias picantes de nuestro pasado.

        Dejó que la cabecera musical de reentrada terminase su recorrido y visualizó las siguientes palabras del guión. Miró a Mle, quien le aseguró con un gesto que imagen y sonido salían correctamente. Comenzó:

− Para quienes se incorporen en este momento al programa, resumamos lo dicho hasta aquí con ese refrán terrícola recuperado de lejanos tiempos: «El hábito no hace al monje». La historia de este dicho se remonta a los primeros tiempos de la Era de Jesucristo y otros fundadores de religiones, cuando se institucionalizaron diversos grupos de seguidores de sus doctrinas, que se llamaron ´”órdenes religiosas” o “monacales”.  Sus miembros recibían el nombre de “monjes” o “monjas” según su sexo, y cada orden usaba vestimentas distintivas para distinguirse de las demás órdenes pues, a pesar de ser todos muy espirituales, solían llevarse a matar entre sí, ya que cada orden y cada religión creía poseer La Verdad en exclusiva.

        Desvió un momento la vista y… sí, Etzigar amenazaba de nuevo con el brazo en alto. Sonrió abiertamente para que el público se percatase de lo que nuevamente sucedía, y prosiguió.

−  Los monjes se imponían a sí mismos vidas duras y exigentes que no todo el mundo era capaz de imitar en el día a día. Algunos de estos imitadores, con la intención de acortar y facilitarse el camino, adoptaban –tal vez de buena fe− las vestimentas de monje y al ponérselas sentían que ya llevaban una vida de santidad. Pero no era…

− ¡Piiii!

− ¡Vaya!, me avisan de que… ¡hemos recuperado el pulsador perdido! ¡Vale!, de todas formas no iba a decir mucho más al respecto.

     Hemos visto en la primera parte del programa de hoy un caso de esa sustitución del ser interno por ropajes externos ajenos al ser y cultura del imitador, que cumplen la función de parecer trasplantar a éste, desde fuera y a coste cero, lo que para el personaje auténtico es su forma de ser y vivir.

        Cortó con un leve gesto la amenaza de Etzigar de volver a pulsar el pinganillo –los pensamientos profundos nunca habían sido característicos de las censuras, que preferían lo simple, pues es más fácilmente detectable y controlable; en el caso de Etzigar… bueno, le pagaban por ello− y continuó con voz segura.

− Otro caso de este fenómeno, tan impactante como el primero, e igualmente documentado, se produjo en la segunda mitad del mismo siglo XX de la Era de Jesucristo y afectó a personas de toda condición social, cultural y económica, y lo hizo en tal medida que yo a veces me pregunto si la cultura y una economía saneada nos hacen más libres o sólo más dóciles.

     Durante esa época las sociedades tecnológicamente más avanzadas de la entonces conocida como “cultura occidental” o “sociedad del bienestar” habían abandonado o reducido a mera fachada las creencias y rituales religiosos y de sentido vital que habían conformado profundamente la vida de sus antepasados. Una Ciencia capada de dimensión trascendente llevaba prometiendo desde hacía varios siglos dar un sentido a la vida y solucionar los problemas de la gente, aunque sin conseguirlo. Tan sólo había llenado sus vidas de cachivaches, útiles algunos, otros superfluos y, junto con la necesidad de consumo creciente que imponía un tipo de economía llamada “capitalismo”, tema del que no voy a hablar hoy –recalcó etas palabras y alzó la vista hacia Etzigar para prevenir su celo censor−, había alzado barreras entre las personas, intensificando el sentimiento de individualidad sobre el de pertenencia al grupo. Aunque hoy nos pueda parecer imposible, ocurrió así.

     Uno de los resultados de esa separación fue que la soledad y la falta de sentido vital comenzaron a acosar a aquellas sociedades de vida fácil y dócil, y muchos volvieron la vista a los pueblos “atrasados” del planeta, aquellos que aún no habían perdido lo que ellos habían arrojado a la basura de la historia. Personajes conocidos de la ciencia, la política, la antropología, el espectáculo, etc. se dirigieron a buscar maestros de vida a países de Centro y Sudamérica y orientales, y tras ellos, millones de imitadores los siguieron, invadiendo calles y poblados de la India, el Tíbet o la Amazonía. Se trasladaban a vivir con esas gentes una temporada más o menos larga –como las vacaciones de quienes unos pocos años antes viajaron a España tras la guerra civil− y cuando ya se sentían interiormente renovados regresaban a sus lugares de origen.

     Pero no volvían de vacío. Además de una transformación interior exprés se llevaban consigo cantidad de ropajes y objetos que después usaban en su día a día. Occidente se llenó de drogas amazónicas, rituales indígenas, túnicas de todos los colores, sujetos famélicos de largas barbas, mujeres multicolores adornadas con flores, danzantes callejeros que aireaban con cánticos y bailes su contacto con lo divino, gongs, palitos de olores novedosos, y una entonces conocida marca de calzado −“Adidas”− se enriqueció con la invención y venta de las sandalias modelo “Jesucristo” y “Mría”, que compraron millones de  mujeres y hombres del orbe industrializado.

     Los antiguos rezos tradicionales y la posición en que se efectuaban –a menudo de rodillas, en señal de veneración ante la divinidad−, inscritos en el ADN de las culturas occidentales, pero contumazmente vaciados de sentido, cedieron paso a formas orientales de espiritualidad que resultaban extrañas y que, por imitación, “exigían” una postura imposible para las rodillas occidentales adultas: la llamada “postura del loto”. Para que se hagan Vds. una idea de los diferentes entrenamientos y esfuerzos que estas dos posturas requerían, visualicen las primeras imágenes anexadas a esta segunda parte del programa.

        Nuevamente dejo unos instantes de respiro para que la carpeta de vídeo desfilase ante los ojos de la audiencia. Cambió de postura, bebió un poco de agua y siguió:

− Adoptar y poder mantener la postura del loto confería a quien lo conseguía un pedigree espiritual que los demás envidiaban. Todos los practicantes lo intentaban, y se daba por sentado, de forma tácita pero clara, que quien lo conseguía estaba más cerca de la espiritualidad que el resto… porque la verdad estaba en Oriente, y había que esforzarse en hacer las cosas como se hacían allí. Para quienes no aguantaban la tensión de la postura se comercializaron millones de “banquitos de meditación” que facilitaban algo la postura en un claro “quiero y no puedo”. La dependencia llegó a ser tal que muchísimas personas no conseguían entrar en contacto con la trascendencia si no adoptaban la postura del loto o si les faltaba su banquito.

     Los antiguos dioses occidentales cedieron su puesto a los chamanes, a los espíritus de la naturaleza, a los gurús…, y la gente corriente dejó de ver a Dios entre las cacerolas y comenzó a extasiarse con Shiva o el Espíritu del Aguila, entidades ajenas a cualquier tradición espiritual occidental, pero que ellos afirmaban percibir con claridad en sus transportes místicos.

     Nuevamente usar un hábito parecía prometer convertirte en monje.

     Como los turistas que unos años antes habían visitado España, también estos nuevos turistas del espíritu sentían que cuando ingerían una droga amazónica o vestían una túnica en su lujoso rancho norteamericano o en su piso tercero interior izquierda de algún barrio europeo o japonés, y adoptaban la postura del loto –o la que pudiesen sin romperse las rodillas−, embalsamados en humo de Copal o en aromas de palitos amasados por niños y mujeres explotados en tugurios miserables de la India, envueltos en música espiritual o de gongs, y con una taza de una infusión auténticamente tibetana en las manos, también ellos sentían que su alma recobraba algo de la espiritualidad verdadera que habían atesorado en sus viajes a Oriente o Sudamérica.

        Hizo una pausa para comprobar el efecto de sus palabras. Detectó un poco de incomodidad en el ambiente: había comenzado la blasfemia. Su programa consistía precisamente en eso. Se preparó para los comentarios y críticas. Pero tenía seguridad en lo que estaba diciendo. ¿Acaso no eran paralelas, punto por punto, las actitudes de los europeos del norte  vestidos de toreros o manolas y las de los gaditanos disfrazados de iluminado espiritual? ¿Eran creíbles unos personajes preferentemente delgados, barbados si eran varones, enfundados en túnicas extrañas a sus vestimentas habituales, altamente espirituales, pero rodeados de supermercados, coches, semáforos, a veces lujo, sexo, consumismo y continuamente pendientes de unos curiosos terminales móviles que se llevaban en bolsos y bolsillos y que fueron la prehistoria de la comunicación gravítica? 

        Una cosa iba bien, y para Tutti Saturno era un signo importante: Etzigar no había vuelto a interrumpir con su dichoso pulsador. Se felicitó: estaba hilando bien las ideas, sin nada que sobrase.

− La fastuosa red de templos que la espiritualidad occidental había erigido para facilitar la oración y el acceso a la divinidad, fue abandonada o convertida en atracción turística, y se vio sustituida por multitud de centros de desarrollo espiritual alojados en pisos comunes o en bajos de edificios en las ciudades. Los mediadores de la relación con lo divino, los sacerdotes, cuya formación requería años de estudio y exigencia espiritual tutelada, fueron desplazados por gurús o chamanes, las más de las veces improvisados, sin una formación profunda ni una exigencia consecuente ni supervisada de vida.

     A esos nuevos centros de espiritualidad había que entrar descalzo, siguiendo el modo oriental, para recuperar el contacto perdido con la Madre Tierra que, por lo general, se concretaba en suelos de baldosas o maderas, a menudo sintéticas y siempre de producción industrial, traspasados, como era habitual entonces, por acometidas de agua, desagües y conducciones eléctricas y electrónicas. En ellos, unos personajes ataviados a la moda “gurú” masculina o femenina, con túnica o sari, y descalzos o con sandalias “Jesucristo” o “María”, recibían a la gente con una inclinación de cabeza, las manos juntas por las palmas frente al pecho y saludando «¡Namasté!», gestos y palabra de tan difícil comprensión para un malagueño como para una danesa lo fue “¡Olé!” unos años antes. Por su lado los participantes en los rituales se saludaban entre ellos, asimismo, con el citado «¡Namasté!».

     La elaboradísima Teología occidental, profunda pero costosa y difícil de asimilar, que había dado tono al alma de Occidente, fue reemplazada, por ejemplo, por una forma de animismo simple que se sustentaba sobre rituales chamánicos importados sin filtro de Centro y Sudamérica. Como éstas eran sociedades marcadamente patriarcalistas, muchos de esos rituales dejaban traslucir una componente claramente masculinista de desafío: exigían pasar por experiencias física y anímicamente muy costosas o dolorosas como precio por el acceso a lo auténticamente espiritual. Quien participaba de ellos se sentía habitado por espíritus de animales, de plantas o el de la misma Tierra, que empezó a llamarse “Pachamama”, palabra indígena tan críptica para un occidental como “Olé” o “Namaste”, cuya comprensión requería de un fuerte adoctrinamiento que aumentase la fe y despejase toda vacilación.

        La blasfemia se iba redondeando. El piloto de comunicaciones desde el exterior parpadeaba sin descanso con los comentarios, de protesta la mayoría –suponía− y también otros de ánimo –esperaba−. Tutti Saturno sentía gusto por la confrontación, pero también preocupación, pues sabía que nunca se puede tener seguridad, más allá de todo criterio, en las blasfemias que semana tras semana desvelaba. Pero era su trabajo y su afición, y lo hacía con la mayor honradez que podía. Desde mañana tendría que ponerse a aguantar el desprecio de muchos espirituales que iban a hacer a un lado su espiritualidad para dejar salir su mal genio y, tal vez también, su propia inseguridad convertida en agresividad. Cuando alguien no se mira al espejo para ver cómo es, sino que se lo imagina, puede llevarse una sorpresa cuando se ve en uno, y arremeter contra quien se lo ha puesto delante. Eso era lo que Tutti Saturno pensaba.

− ¿Qué podía sentir un habitante de los suburbios miserables de Gyantsé al contemplar a higiénicos occidentales alojados en hoteles de precio prohibitivo para él, pasear recién duchados por sus calles con sus túnicas inmaculadas, teniendo cuidado de no pisar ciertos residuos sospechosos, pero haciendo a troche y moche el saludo «¡Namasté!» con sonrisa voluntariosamente empática? 

     Y los ejecutivos de Delhi, que habían sufrido y abandonado ya esa espiritualidad de castas, asesina a su parecer, ¿qué podían pensar al ver riadas de occidentales disfrazados de hindúes atestar centros de desarrollo espiritual en los que a cambio de muchísimo dinero se les prometía la iluminación?

     Posiblemente les ocurriría lo que a los españoles con los turistas que se disfrazaban de toreros y manolas: las considerarían conductas risibles, asombrosas, ridículas, espantosas, de vergüenza ajena, etc. Pero bueno… eran negocio, y cuando en el «¡Namasté!» se cruzaban sus ojos con los de los extranjeros disfrazados, aprovechaban para ofrecerles sus productos y perseguirles con insistencia machacona por las calles para que se los comprasen.

        Una pausa estudiada le sirvió para comprobar que el chivato de llamadas estaba al rojo vivo. Aunque Etzigar no había vuelto a pulsar el llamador del pinganillo y parecía que seguía con atención el discurso, decidió que suavizar un poco la tensión.

− Cuando occidentales de San Diego o París se adornaban con plumas o se enfundaban en sus túnicas o coloridos saris, sentían de nuevo la magia que les había penetrado en la reserva sioux de Saskatchewan o en el monasterio tibetano de Ganden, revivían la alegría inocente y cautivadora de los monjes, experimentaban otra vez cómo sus almas se elevaban sin esfuerzo hacia las alturas nevadas del espíritu, veían que la voracidad que les hacía estar continuamente a régimen para no explotar se calmaba, y se daban cuenta de que en todo ello había una verdad auténtica, de que ellos habían tenido la suerte de vivirla y de que ahora formaba parte de su alma. Por eso se vestían y adornaban una y otra vez con esos atuendos, escuchaban esas músicas, ejecutaban esas danzas, se embriagaban con aquellos olores, se esforzaban por adoptar posturas imposibles y se saludaban con sinceros «¡Namasté!s», aunque no supiesen muy bien qué estaban haciendo y diciendo.

     Como ocurría con los turistas que visitaban España, quienes se disfrazaban de Dakotas, de hindúes o monjes budistas eran, en sí mismas, personas respetables, y su intento resultaba encomiable: demostraban que no estaban definitivamente dormidos, que aún quedaba un rescoldo de esperanza para ellos. Pero en la forma en que lo hacían todo era falso: era esperar ser lo que no se es a base de embutirse en un ropaje que no te corresponde, tal como ya he dicho antes.

     Vuelvo a traer a colación el antiguo dicho español de que «El hábito no hace al monje». Parece que la historia humana, al menos la de aquellos siglos, no ha aprovechado mucho esa sabiduría. Como los extranjeros que asistían a corridas de toros en sus vacaciones, aquellos personajes esperaban que les viniese gratis de fuera lo que habían perdido en su interior. De hecho, cuando, acabados los rituales, se despojaban de sus disfraces, retornaban a sus vidas comunes que se alejaban diametralmente de lo que pretendían: regresaban al estrés, a la glotonería, al consumismo, a las broncas con jefes, compañeros, parejas o vecinos y a la decepción generalizada de la vida. En tantos y tantos casos su experiencia no les había servido para transformar su realidad de todos los días, y se había convertido en un disfraz risible, una fantasía ridícula.

        Había aflojado la tensión pero había vuelto a apretarla porque, en realidad, a ojos de muchos estaba profiriendo una blasfemia y eso no se podía suavizar. Sólo le quedaba el final. Respiró ostensiblemente un par de veces para marcar una transición:

− Quienes sí salieron beneficiados de aquel movimiento de búsqueda de espiritualidad fácil fueron los productores de todos los artículos “espirituales” que los occidentales compraban por toneladas con la esperanza de que les diesen la espiritualidad que habían perdido. Gastaban gustosamente su dinero adquiriendo, cada vez más caros, productos de dudosa autenticidad porque creían que con ellos compraban alma… y el alma –la lo hemos dicho− no tiene precio. Lo que no aprendieron fue que el alma no se puede comprar, ni la espiritualidad tampoco.

        A la vez que los comerciantes, también obtuvieron ganancias los gurús, los chamanes, los centros de espiritualidad, algunos monasterios, etc. A muchos el negocio les reportó pingües beneficios, y algunos llegaron a acumular cantidades ingentes de dinero y lujos “asiáticos” –nombre que se daba en aquél entonces a los lujos muy caros y exclusivos−  y su figura reunía miles de seguidores, fanáticos muchas veces, que peleaban ácidamente por el protagonismo ante el “maestro” o “maestra” mientras se saludaban con espirituales “¡Namasté!”.

        Tutti Saturno miró fijamente a la cámara hacia los treinta y siete mil ochocientos millones de espectadores que estarían colgados de su última blasfemia. Tomo una respiración, sonrió con dulzura y concluyó en tono conciliador:

− Así que ¿“¡Olé!” o “¡Namasté!”?  ¿Qué prefieren Vds.?  Espero sus comentarios.

     Hasta aquí Tutti Saturno emitiendo desde la Tierra. Les veo la próxima semana con más blasfemias, pequeñas pero necesariamente picantes: no olviden que son blasfemias.

        Entró la música final del programa. Esperó aún un instante hasta que Mlé confirmó con un gesto que se había cortado la emisión. Agradeció con una sonrisa sincera su profesionalidad, se levantó y miró con alegría hacia Etzigar, que había salido de su cubículo y se dirigía hacia él.

− ¿Qué tal, Etzi?, ¿qué te ha parecido?

− Bien, ya has visto que no te he interrumpido mucho.

− ¡Ah!, ¿sí?, ¿te ha gustado?

− Sí.

         Tutti Saturno le dedicó una mirada sugerente:

 − ¿Y qué te parece si para celebrarlo nos hacemos unos cariñitos esta tarde? –y apuntó los pezones de sus tetas, que se erizaron bajo la ropa−. ¿O prefieres sensaciones más salvajes? –recogió las tetas y un prometedor bulto se significó en su entrepierna. Etzigar sonrió con complacencia pero sin decir nada− ¿O todo junto?… ¿O te apetece al revés?… ¿O algo distinto?

        La cara de Etzigar pasó de la sonrisa a la risa abierta.

− Me encantaría, ya lo sabes, pero hoy ya he quedado. ¿Te parece el miércoles?

           − ¿El miércoles?

        Tutti Saturno calculó rápidamente. Si comenzaba mañana mismo a agrupar y contestar los comentarios del sistema solar, para el miércoles estaría terminando con los de Alpha Centauri, y su equipo ya le habría hincado el diente a las dos siguientes blasfemias. Perfecto.

− ¡Vale!, pues el miércoles. Ya empiezo la cuenta atrás. A ver si mis artes consiguen sobornaros a ti y a tu pulsador.

− Ja, ja.