¿Qué dijo el atormentado Coronel? Entiendo que, como mis alumnos de antes, esperes leerlo a continuación, pero yo no sé cuál es la salida de la ratonera en que la vida le metió… ni si tiene salida; ni tan siquiera sé qué me gustaría que hubiese dicho. Nuestro buen Coronel, tú y yo, estamos modelados en el mismo barro y tú, lector o lectora, sabrás lo claras que tienes las cosas y si puedes poner las manos en el fuego por ti. Las quemaduras que marcan las mías me han enseñado a no volver a arriesgarlas por mí mismo ni aun en lo que pueda parecer más sencillo y simple. Y este relato es cualquier cosa menos simple y sencillo: está dibujado con ribetes deliberadamente renegridos y agridulces para no dejar escapatoria.
Comprendemos los movimientos que conducen a conflictos bélicos, pero que hayamos estado siempre enzarzados en guerras, que éste haya sido y sea nuestro recurso principal para resolver problemas de espacio vital, eso no es comprensible en seres emocionales e inteligentes; que aún hoy la confrontación destructiva –fría o caliente, declarada o como amenaza, política o económica, de desgaste o atómica, táctica o psicológica, quirúrgica o total…– sea la manera habitual de obtener lo necesario para la vida o de defenderlo, tampoco lo es.
¿Se trata de una circunstancia –duradera, pero circunstancia– o es un destino? ¿Estamos condenados a pelearnos por siempre contra los demás por el bienestar? Nuestro bienestar es una función de resta más que de suma: sólo podemos disponer de lo que necesitamos, poseyéndolo, y poseerlo significa desposeer de ello a algún otro. ¿Está inscrito en nuestra naturaleza que “mío” o “yo” implique necesariamente “no-tuyo” o “no-tú”?, ¿está escrito que la vida haya de desplegarse siempre entre dos estaciones excluyentes: “o míoo tuyo”, “o tú o yo”? Esa es, desde luego, la ley que rige la vida no humana, como constató Félix Rodríguez de la Fuente con la claridad que le caracterizaba.
«Si se quiere sobrevivir y tener éxito en el planeta Tierra como individuo o especie, no hay más remedio que tener éxito en esta ley … de comer a otro y no ser comido por nadie … Dejen ustedes de comerse a otros … −incluso mis inocentes y admirados vegetarianos− … y desaparecerán de la Tierra. No hay más remedio que comerse a alguien para seguir viviendo y no hay más remedio que no dejarse comer por nadie para no perecer. Tremenda ley». (https://www.youtube.com/watch?v=2v0d1G3St_Q)
¿Esa ley carnicera ha de regirnos también a nosotros? ¿Tan sapiens y nuestro único futuro es vivir en un mundo desangrado por la necesidad de apropiación privada excluyente de la vida y de lo necesario para mantenerla? ¿No evolucionaremos nunca al “nosotros”, al “nuestro”, al “de todos, luego de nadie?”
La destrucción y el sufrimiento que provocan las guerras hace que al final de cada una decidamos que ésa ha sido la última −la guerra que acabará con todas las guerras− y que intentemos inculcar ese espíritu a nuestros descendientes. Pero esas intenciones quedan vacías cuando esas generaciones sufren o presencian injusticias insoportables, o si su humanidad sucumbe a la avaricia. Entonces la violencia desatada resurge de su artificial destierro, esperanzadora como ave Fénix, las poéticas del honor, el valor, la justicia, la venganza, las patrias, los altos ideales, el sentido glorioso y heroico de la vida, etc. se enardecen virulentas y brillantes, y una nueva guerra se apresta a condicionar el presente y futuro de quienes, una vez enzarzados en ella, se arrepentirán e intentarán en vano que sus descendientes no repitan su mismo error.
No es posible ganar una guerra o llegar a una victoria definitiva. Parece que gana quien clava el último cuchillo: el adversario cae y la victoria acaba con la guerra. Pero el cuchillo queda en el cuerpo del vencido y, más pronto que tarde, éste lo usará contra el vencedor o contra quien pretenda ponérsele delante. Eso genera un estado de guerra perpetuo pues todos −pueblos y personas, todos alternativamente vencedores y vencidos, posesores y desposeídos− guardamos cuchillos antiguos que esperan su oportunidad. La dinámica de la desposesión o resta, en la que “mío” significa necesariamente “no-tuyo”, y que mi vida, su calidad y seguridad dependan de poseer tantos “míos” como me sea posible, aun al precio de que tú quedes correlativamente desposeído hasta de la vida, que las otras vidas sean el alimento de la mía, eso es lo que está en la base de todo.
Eso convierte a la confrontación en interminable, pues escribe el devenir humano en una secuencia de períodos de confrontacióny períodos de génesis de una nueva confrontación–también llamados paz− en que las generaciones presentes, olvidadas del pasado, sienten, de manera creciente, su desposesión o su ansia de más “míos”.
Conocemos el precio de la guerra, pero no se nos ha ocurrido pensar si pagamos precios, en la paz, por vivir en un estado continuado de confrontación. Y así es. El desarrollo tecnológico, por ejemplo, es hijo de la confrontación de míos pues ha sido ésta, más que cualquier otra condición, lo que lo ha refinado. Eso imprime al avance tecnológico un sesgo o tono que impide su socialización: la tecnología no ha sido un logro humano sino el arma de la victoria en la lucha de todos contra todos, desde tiempos inmemoriales. La tecnología, generadora de poder, permitió al homo sapiens enseñorearse y aniquilar o desterrar hasta su desaparición a todas las demás especies de homo que han coexistido con él… si es que realmente ocurrió así. Y sigue permitiendo a unos sapiens desangrar a otros para acumular “míos” a costa de “tuyos”, para sobrevivir “yo” alimentándome de “tú”.
¿Hay más elementos de nuestro día a día que estén determinados por vivir en un estado continuado de competición por la vida? Posiblemente todos. De forma transversal, el vivir en pie de guerra, el que cualquier otro sea mi posible o real competidor en lo que necesito para vivir y vivir bien, sesga –o, tal vez, determina− las formas sociales, económicas, intelectuales, religiosas y espirituales. No somos conscientes de ello porque esa condición es como el suelo dado a partir del cual se teje la vida, suelo con el que se cuenta y sobre el que se camina, pero que no se ve.
Otro ejemplo. El profundo amor que sentimos por nuestros hijos e hijas parece puro y sublime, incondicional –el que más, ¡el amor de una madre!−, pero está igualmente condicionado. Bajo el influjo de vivir en un estado de guerra intentamos dar a nuestros hijos la “mejor” educación a nuestro alcance. Noble pretensión que destila amor y sacrificio, pero que esconde la no tan noble realidad de querer proporcionarles las herramientas para vencer a los demás en la competición por la vida, pues sabemos que unos nos alimentamos de otros y que el pez grande es quien se come al chico: necesitamos, por amor, que nuestra prole sea la más grande, pues no queremos que acabe devorada. A los demás… ojalá les vaya bien, pero si no, lo siento, es cosa suya; yo defiendo a los míos.
El callejón sin salida que atormenta al Coronel Amilabe, es otro de esos precios. ¿Puede haber una ética de la guerra o de la mera confrontación cuando lo que está en juego es el “o tú o yo”, cuando si tú ganas yo me quedo sin lo que necesito o anhelo, cuando para que tú vivas yo tengo que –de la manera que sea− morir? ¿O, más bien, el estado continuado de guerra es la negación de toda ética más allá de la natural prehumana, esa que dice “comer y no ser comido”, la negación de eso tan escurridizo que es lo humano?
Mientras no tengamos de humanos más que la pertenencia taxonómica al género homo y no trascendamos el planteamiento prehumano del “o tú o yo, luego yo y los míos”, los tratados internacionales serán papel mojado porque −como está escrito en los fundamentos de nuestra alma animal− en el amor y en la guerra todo vale. Esa ley no provee vida para todos, sino victoria y supervivencia para unos al precio de la extinción de otros; victoria que es producto de la fuerza y el poder – esos ’kratos’ y ‘arjé’ que aparece en conceptos como ‘aristocracia’ y ‘monarquía’−. La fuerza y el poder aseguran la vida a quien lo detenta –léase, además de físicamente potente, listo, astuto, avispado, diestro, bien protegido, rico…− como se la aseguran a la araña que se come a la mosca. Pero no nos hace más humanos, pues nos mantiene en la tónica vampírica de la vida en este planeta.
Una sociedad de desigualdades no es humana, es prehumana, y no es fruto de la inteligencia, sino de la fuerza. Pero se precisa inteligencia –no fuerza− para salir de ese círculo vampírico de la vida, no sólo porque no es humano, sino porque nos está acercando al absurdo de la extinción. En un mundo global, la supremacía tiende a ser absoluta, sin competidores, lo que lleva aparejada la extinción general de éstos (de la vida) para alimentarla. El avance hacia la humanidad exige, pues, la desaparición de cualquier tipo de ‘kratos’ o ‘arjé’; por ejemplo, y como paso intermedio, por dilución de esos principios en múltiples sujetos (democracia).
El callejón que atrapa al Coronel Amilabe nos encierra a todos. En el contexto del estado de guerra no hay consuelo para sus problemas de conciencia; puede haber componendas, pero no hay solución. Lo único que podría hacer sería, como los demás, mirar para otro lado. Pero… justo a eso es a lo que no está dispuesto él… ni yo… … ¿ni tú?
¿Por qué?
No lo sé. Pero constato que hay gente que, sabiéndose araña, anhela una forma de vivir cuya realidad y horizonte sean el con-vivir o vivir-con, en la que el contra-vivir o vivir-contra sea sólo un recuerdo del pasado, un paso necesario, pero ya superado. Vivir-con para vivir mejor porque en el vivir-contra, quien queda abajo –la mosca− malvive porque pierde su sangre y quien queda arriba –la araña− malvive porque la supremacía de alimentarse de la sangre de los de abajo obliga a revalidar continuamente la victoria rodeándose de llaves, alarmas, policías, soldados, armamento… obliga, en definitiva, a mantener el estado de guerra porque quien ahora es vampirizado buscará, siempre y necesariamente, ser quien desangre a otros. Los desangrados no son “buenos” por serlo: ni los esclavos de ninguna época ni los obreros ni los pobres ni las mujeres ni los subsaharianos… nadie es bueno en un estado de guerra: todos son, simplemente, personas o colectivos que esperan su oportunidad.
Urge encontrar formas de avanzar del “o tú o yo, luego yo” al “los dos” y al “todos”, de pasar de la moral natural de la vida a una moral humana. En la primera, bueno es lo que sostiene mi vida y la de los míos, y malo lo que la extingue. En ella, matar no es asesinar, no hay decisión sino determinación y por tanto no hay maldad, todo depredador es inocente del dolor que causa y no se hace reo de culpa. Por el contrario, una moral humana ha de ser un sistema ético abierto, sugerido por la evolución del cerebro emocional, pero no determinado por instintos, naturalezas, autoridad ni deidad alguna, sino pensado y decidido y, por tanto, voluntario. Esta entrada de la consciencia y la voluntad abre la puerta a la maldad y a la culpa… pero también al vivir-con (la con-vivencia) y al vivir-mejor, pues la moral prehumana no ofrece vida plena a nadie.
Esa evolución no será fácil, pero de que lo consigamos dependerá que lleguemos a ser humanos y sigamos vivos como especie. Como camino, fijémonos en las pequeñas cosas que está a nuestro alcance variar. Por ejemplo, ¿somos coherentes cuando vamos a una manifestación antibelicista embroncados con nuestra pareja, después de haber engañado a un cliente, habernos enriquecido a costa de nuestros empleados o haber amedrentado a nuestros alumnos con amenazas de suspenso? Las benditas tribulaciones de conciencia del Coronel Amilabe, aunque no tengan solución, nos abren la esperanza de que, aunque actualmente necesitamos ser la araña, no nos parece bien serlo, y eso, unido a la premura de evitar una extinción global, puede mover los hilos de una nueva evolución hacia eso que aún no ha habido en la historia y que tenemos que inventar, el homo humanus.