BROCHAZOS QUE EMBORRONAN EL CUADRO DEL SEXO EN LAS RELACIONES HUMANAS

El cuadro de la sexualidad en las relaciones humanas está formado por dos tablas: una, pongamos que la de la izquierda, representa la concepción que la calle maneja las más de las veces de manera oculta y, las menos, de forma clara, como en la pornografía. La otra, la de la derecha −siempre expresa, pública y publicitada−, dibuja la de la ciencia y la de una buena parte de las confesiones religiosas, filosofías de vida, tradiciones, morales de Estado y públicas, etc.

Ambas obtienen calificaciones positivas y negativas dependiendo de la persona –y a menudo de su sexo−. Las consideraciones positivas de la tabla izquierda suelen mantenerse en secreto, mientras que en lo público y consensuado son calificadas de forma francamente negativa. Con la tabla derecha ocurre exactamente lo contrario: las calificaciones públicas y consensuadas son aplastantemente altas, mientras que en el secreto de las conciencias y la oscuridad de las alcobas la cosa cambia drásticamente. La historia ha producido discursos que han promocionado la tabla izquierda, pero exceptuando al Marqués de Sade, Henry Miller y pocos más, son poco conocidos y siempre anatematizados, como lo es la pornografía. Por el contrario, los discursos que expresan el contenido de la tabla derecha son abundantísimos y profusamente publicitados desde todo tipo de púlpitos, cátedras, etc.

Ninguna de las dos tablas describe lo que hay; más bien ambas establecen una Norma de lo que debe haber, Normas que cada tabla estipula a su manera, pero que son coincidentes: ambas determinan qué es normal en este campo y qué queda fuera de la Norma como anormal o no normal. La tabla izquierda respalda la Norma en unos supuestos usos y costumbres de la mayoría –visibilizados en la pornografía−, mientras que el derecho la sustenta en la evolución natural o en la voluntad de entidades divinas o cuasidivinas, expuestas en los libros de Ciencias Naturales, en las doctrinas religiosas o espiritualistas, filosofías de vida, teorías morales, etc.

La normalidad de la Norma –de ambas− establece:

  • que los sexos son dos y sólo dos (lo que se conoce como binarismo), y normativamente atractivos entre sí, atracción exclusiva en la tabla derecha y sólo preferente en la izquierda, que no cierra del todo la puerta a diversas marginalidades;

  • que la atracción impone una deriva necesaria hacia la conducta penetrativa y eyaculativa del hombre en la mujer, conducta normativa y exclusiva en la tabla derecha, y normativa sólo de manera preferente, en la izquierda;.

  • que hay órganos específicamente sexuales, que en ambas son los mismos, aunque la tabla derecha los extiende a estructuras internas que la izquierda no tiene en cuenta; la tabla derecha considera que son órganos genitales, esto es, diseñados para la reproducción, consideración que en la tabla izquierda es o bien sólo un fantasma que se evita, conjurado de entrada, como si no existiese, o bien una realidad que está ahí y con la que hay que aprender a lidiar;

  • que hay un motor que inicia el movimiento de atracción y que lo respalda y justifica: para la tabla derecha es la voluntad de alguna instancia ajena a la mundaneidad –instancias superiores, como dioses, etc.− o una disposición de la Naturaleza −en interpretación sui generis−; en la tabla izquierda el motor es el gusto de la carne, y la justificación son los usos y costumbres de la mayoría;

  • que el placer ocupa un lugar central: en la tabla izquierda ese placer se concreta en el gusto de la carne, que juega como objetivo único y final; en la tabla derecha el placer no tiene otra entidad que la de funcionar como un cebo estratégico –y peligroso, porque puede enganchar− para lograr el fin verdadero, que es la reproducción;

  • que el movimiento parte de necesidades que son reales: ni la reproducción ni el gusto de la carne son necesidades artificiales, aun cuando tras una puedan estar los dioses y tras otra los demonios.

La convicción que subyace a ambas visiones es que el sexo en las relaciones humanas es una conducta seleccionada a lo largo de millones de años que, salvo excepciones, no debería presentar problemas. Es como si fuesen dolorosos, por defectuosos, la circulación sanguínea o el proceso de respirar. Simplemente, no puede ser. La naturalidad de esa selección se refrenda en el respaldo que cada tabla dispone para su Norma: la elección de la mayoría –tantísimos no pueden estar equivocados− o un principio o deidad que, por definición, no pueden hacer las cosas mal. En ambos casos se excluye la posibilidad de fallos.

Sin embargo, las cosas no son así. El campo de supuestas maravillas circunscrito por los conceptos “hombre-mujer-amor-sexo” es un ring de boxeo, el cuadrilátero de la incomprensión y del daño en que todo el mundo anhela encontrar algo que no sabe concretar, bifurcándose en deseos que parecen incompatibles (amor y sexo) y terminando

  • bien confundiendo esos ideales con tótems sustitutivos (pornografías, formas diversas de puterío, ensueños de relación, novelería romanticoide, espiritualidades…) ninguno de los cuales toca la realidad,

  • o bien conformándose con lo que hay −«¡así es la vida!»−, y tirando como se pueda, distrayéndose con bagatelas del apasionante objetivo de sexo + amor,

  • o bien en franca derrota y renuncia de por vida a todo lo que huela a la confluencia ‘sexo + amor’.

En los tres casos el resultado es una vida que resulta lacerante comparada con lo que se había soñado y previsto en la adolescencia y juventud. Nadie nos prepara ni nos previene de que nos vamos a dar de bruces –sí o sí− contra una pared de cristales rotos, y cuando sucede, perdiendo sangre por múltiples heridas, no nos lo podemos creer; entramos en un «¿por qué?» sin respuestas en que la primera reacción –evidentemente− es culpar al otro, reacción que no suele obtener buenos resultados a largo plazo, ni individualmente ni como culturas o sociedades.

El asunto aparentemente claro, sencillo y gustoso del mete-saca, tiene muchos palos en las ruedas, contiene una legión de gatos chillones encerrados; conlleva demasiado sufrimiento, silencios, remordimientos, culpas, vergüenzas, negocio, demasiados cadáveres en los armarios de todo el mundo… cuando es algo que se supone que debería ser bueno y agradable, aparte de necesario para el mantenimiento de la especie, algo que en los momentos en que lo vivimos bien, nos llena tanto y es tan-tan-tan gratis… tan gratis que no sabes si das o recibes…  y ni te lo planteas… y eso nos engancha definitivamente.

No comprenderíamos que nos doliese el pensar o el sorprendernos, pero llevamos como si tal cosa, como algo natural, exigido por una especie de destino desconocido pero inevitable, que del conjunto “hombre-mujer-amor-sexo” se desprenda dolor, incomprensión y lucha. Ese sexo que tan claro y fácil nos muestran las dos tablas que componen su cuadro, no rueda bien, hay más conflictos con la sexualidad y las relaciones que con los riñones o los pulmones, hay más problemas sexuales y relacionales que hernias discales, más que gripes.

Veamos una muestra no exhaustiva de fallos que, como brochazos dados aparentemente al buen tun-tun sobre las tablas, desencajan los dibujos que pretenden presentar como claros, naturales y de nítido trazo. Dividiremos la presentación en seis apartados. Veremos primero algunos problemas “técnicos”, es decir, pegas que ponen en solfa directamente la letra de la Norma. Rememoraremos, en segundo lugar algunas complicaciones que hemos llamado “hippies” porque afectaron a esa florida época, pero que pueden extenderse a cualquier otra. Pasaremos después a contemplar cómo esa Noma retuerce de forma rocambolesca y risible el lenguaje y las expresiones concernientes al tema que nos ocupa. Expondremos más tarde una estructura mental derivada directamente de la Norma, que nos aboca a generalizaciones injustificadas. Analizaremos en quinto lugar el papel asignado a la mujer en la Norma y, por último, reuniremos en cuatro puntos un abanico de otros pequeños flecos que han quedado sueltos.

Problemas técnicos

  • Si el gusto heterosexual o la procreación fuesen la normalidad y la clave de inteligibilidad de lo sexual en las relaciones humanas, el dimorfismo sexual limpio y sin fisuras habría de ser la regla, y la heterosexualidad habría de ser la conducta única de todos los seres sexuados, salvo, siempre, alguna excepción. Pero eso no se ajusta a la realidad observable.

    • La adscripción visual de una criatura recién nacida a uno de los dos sexos atendiendo a la apariencia de sus órganos sexuales externos topa con la dificultad de que no hay un acuerdo definido sobre el punto en que algo no es lo suficientemente claro y debe ser considerado una malformación. Se llaman intersexualidades y son más abundantes de lo que la Norma binaria desearía. Es arriesgado pensar que la Naturaleza, que siempre hace pruebas, en este caso se haya decantado de forma exclusiva y perenne por dos únicas vías: lo estrictamente hembra y lo estrictamente macho.

    • La misma palabra ‘malformaciones’ comporta ya una ideología: esa personita que tenemos delante no es alguien en sí misma, sino algo que debería ser de otra manera, pero que ha salido mal, una anomalía que hay que corregir para adaptarse a la Norma, a lo que se debe ser. ¿Qué nombre le vamos a poner, si no?, ¿con qué ropas le vamos a vestir?, ¿le vamos a tratar de “él”, de “ella” o con el difícil “elle”?, ¿qué juguetes le vamos a regalar?, etc. Esta necesidad de encajar en una norma acarrea sufrimientos psicológicos y físicos (si hay intervención médica) sin fin a los sujetos y a sus padres o responsables. No queda sino recurrir a una Clínica de reasignación de sexo (o género) y ponerse en manos de quienes “saben lo que se hacen”.

    • Lo mismo ocurre en el plano psicológico. La necesidad de sentirse inequívocamente polarizado como hombre o mujer en consonancia normativa con los dos únicos tipos de órganos sexuales, acarrea, también, sufrimientos físicos, psicológicos y sociales que se extienden a toda la vida. El “síndrome” se llama transexualidad y quienes lo “padecen” se llaman transexuales o transgénero por cuanto que se pasan (trans) psicológica –y a veces físicamente− de un sexo o género, al otro.

    • Los humanos y otros animales copulan en épocas no fértiles, mantienen relaciones con el mismo sexo o con individuos que no han llegado a o se han pasado de la edad fértil, realizan acciones no reproductivas como la masturbación o las prácticas buco-genitales, algunos −como los delfines o los monos Bonobos− practican con gran afición y asiduidad todas las “perversiones”, incluida una campante adicción al sexo, etc. (bien entendido que este tipo de conceptos, como perversión o adicción, no son aplicables a animales, sino sólo a seres humanos).

    • En las cárceles u otros lugares en que conviven en encierro durante largos periodos de tiempo personas del mismo sexo sin contacto con el otro, la sexualidad deriva rápidamente a homosexualidad, con las mismas pasiones, celos y amoríos que se dan en el mundo exterior normativamente heterosexual.

  • Según la norma, el deseo de coito heterosexual potente, eyaculador y eventualmente procreador, significado en la erección y en la humedad vaginal, es algo que obligatoriamente han de sentir con fuerza todas las personas no enfermas. Esa Norma (llamada heteronorma) llena las consultas de los profesionales de problemas ficticios y de casi imposible solución: la falta de deseo, que sigue siendo motivo mayoritario de consulta por parte de mujeres −y crecientemente de hombres−, la falta del deseo de ser madre o padre, el abandono de las relaciones sexuales por caída en la rutina o tras el nacimiento de un hijo, el miedo al desempeño[1], la falta de erección, la eyaculación precoz y los gatillazos como consultas habituales por parte de hombres, el deseo invertido (o sea, hacia el propio sexo) o perverso (hacia animales o fetiches, transexuales, sado-maso, etc.).

  • Atendiendo a la Norma, cualquier circunstancia que interfiera física o culturalmente con la conducta heterocoital es obstáculo para la sexualidad. Ejemplos: ser menor de edad, anciano, padecer enfermedades del corazón, ciertas enfermedades locomotoras como la tetraplejia, la falta de erección, una vagina no funcional, el ser Síndrome de Down o similar, la celulitis, el código de barras, y la multitud de características corporales que se suponen que degradan la atracción… ¿quién queda apto y apta?

  • Como quedan fuera de la Norma, los viejos dejan de ser objetos eróticos, aunque su deseo no desaparezca. Y puede que las parejas dejen de atraerse porque los iconos de lo sexualmente atractivo desaparecen: se arruga la piel, la cara se deforma, se pierde musculatura, tono, estatura, la erección queda comprometida y en muchas mujeres la vagina deja de ser penetrable, el ímpetu decae… Eso que todos los amantes se prometen −«quiero envejecer contigo»− mantiene su ilusión mientras los cuerpos tienen un pasar. Poco a poco, después, a los hombres les empieza a gustar gente cada vez más joven, y las mujeres se encuentran con demasiadas esperanzas frustradas y, o bien se someten a lo que hay o bien se encierran en una soltería real o de hecho.

  • La educación sexual sucumbe, a veces, bajo el epígrafe de educar para una vida sexual sana, que suena a algo así como «los 10 mejores consejos para mantener sanas sus articulaciones». Y uno se pregunta qué tendrán que ver la sexualidad y la salud. Nos tememos que en este caso, salud no se opone a enfermedad, sino a porquería, a suciedad, y la educación va dirigida a enseñar a entrar en el sexo sin mancharse.

  • Las relaciones dependen de los avatares a que está sujeto el pene del hombre: si no hay erección, no hay relación; tras la eyaculación se acaba la pasión y con ella disminuye o se acaba la relación, y el hombre pasa por un periodo de rechazo de la pareja, incluso físico, que ésta puede llevar mal.

    La mecánica normativa “deseo → erección” acostumbra a hombres y mujeres a creer que si hay deseo debe haber erección. Esto es falso, pero es lo que se espera, de manera que cuando no se produce la erección, al hombre que está en pareja le asalta la duda de si no la quiere –puesto que no la desea−, si su amor no es sino un mero calentón; y la pareja se estremece con el pensamiento de que ya no es deseable, de que ha dejado de ser atractivo/a para su hombre y que este ha dejado de quererla.

    Las drogas que aumentan el deseo coital del hombre –marihuana, alcohol, cocaína…− hacen que este encuentre atractivas a personas que en otras circunstancias ni habría mirado, que muestre un interés activo hacia ellas y que intente establecer una relación: el efecto se denomina “gafas de cerveza”. Pero con la bajada del efecto de la droga, el deseo decae dramáticamente, el hombre pierde interés por el partenaire y por la relación que ha establecido, y puede experimentar hacia él sentimientos negativos que la resaca aumentará.

  • En el hombre se produce una disconformidad con sus propios niveles de placer y de potencia. En la mayor parte de la erotología se lee lo mismo: las mil y una maneras de sacar el máximo rendimiento posible al parco y fácilmente dilapidable capital de semen que incita a la relación. La Mujer parece no tener problemas al respecto; es el Hombre quien, en comparación con ella y bajo el prisma de la Norma, está falto de capacidad; y es, por eso, él quien necesita consejos, tratados, estudios, técnicas, inyecciones, prótesis, infladores, pastillas, ungüentos, drogas estimulantes…, que le ayuden a administrar bien el capital de eros que es el precioso y escaso zumo de sus testículos.

    Los problemas de la mujer no son de capacidad, sino de activación: una vez activadas, la capacidad puede ser más continuada, siempre pueden resultar eróticas, incluso tras el/los orgasmos. Los problemas del hombre son, sólo a veces, de activación, y siempre de administración de una cantidad de semen/eros que hay que aprender a utilizar, racionándola, pues resulta decepcionantemente parca para la inmensidad de su deseo.

  • En el sentido del punto anterior, el orgasmo femenino se ha descrito como multiorgasmo y tal constatación científica ha organizado un gran revuelo en los hombres: de entrada los ha proclamado a todos, también científicamente, eyaculadores prematuros, si no precoces. Aunque el hombre aprenda a controlar su eyaculación, la mujer, en general, siempre va a estar más allá, va a poder más. Esto ha generado un aluvión de técnicas y terapias para, primero, aprender a “esperar” a la Mujer y segundo para aprender a ser tanto como ella. En 1984 se publicó un libro titulado “Las técnicas del placer”, que se vendió como rosquillas, que pretendía enseñar a los hombres a “recuperar” el multiorgasmo, apoyando el asunto con datos científicos[2].

Problemas “hippies

Follar, según dictamina la Norma, con ahínco y pasión, todo lo que se desee y sin dejar escapar ni una oportunidad, es complicado. Lo era la semana pasada y parece que seguirá siéndolo en las posteriores. Y es que, aunque «el asunto de la jodienda no tenga enmienda», el camino hacia el folleteo universal abundante, gustoso y anhelado y ansiado por igual por todas las partes implicadas en el asunto (el de la jodienda) sigue siendo poco fácil. Y no es porque no se haya intentado una y otra vez en la historia.

Una reciente y muy sonada ocurrió con la contracultura hippie y su amor libre, aquél conocido «Haz el amor, no la guerra». ¡Entonces sí que se follaba fácil, mucho y sin complicaciones! –o eso dicen−: todo el monte parecía ser orégano. Pero las mujeres acabaron dándose cuenta de que no  era eso lo que ellas querían, que amor libre era, en realidad, sexo libre y que sutilmente se les estaba instigando a sentirse bien haciendo lo que los hombres querían que hiciesen, que se les había vuelto a vender una moto ya antigua: que tenían que abrirse de piernas porque eso era lo que ellas querían. Se dio marcha atrás, las flores se marchitaron, y el feminismo produjo teorías en que se analizó y desveló el papel de los hombres y las mujeres en el amor y el sexo.

A aquella época florida le ha seguido una de secano y casi puritana en que el feminismo ha adquirido muy mala prensa entre la juventud: las feministas habrían sido una recua vergonzante de feas, extremistas, frustradas, amargadas, vengativas, espantajos sin sujetador, feminazis por su mejor apelativo… que sólo querían someter al hombre y vengarse de él por afrentas inventadas, en lugar de buscar una convivencia sana, etc., etc., etc. Según nuestra experiencia con adolescentes, ese punto de vista caló tanto que se hizo tarea casi imposible combatirla desde las cátedras escolares. Esa visión negativa arrasó en la conciencia popular y barrió todo lo pensado por las madres y abuelas de las nuevas generaciones: lo que hubiesen escrito aquellos espantajos feministas sólo podía ser espantoso… además de tremendamente aburrido.

Hoy, en el olvido de todo, con el auge de las redes sociales, la pérdida del conocimiento sobre el uso de las drogas, la accesibilidad de los anticonceptivos y empujadas por el aislamiento y soledad que anidan en el duro corazón del capitalismo, las chicas han vuelto a abrir las piernas con facilidad y ansia, a juzgar por el disparatado consumo que se hace de la pastilla del día después y del abultado número de abortos en jóvenes y adolescentes[3]. Las mujeres parecen haber conseguido, por fin, la liberación de la tutela masculina en lo sexual y haber alcanzado así su verdadera libertad: hacerse pajas libremente y en abundancia –¡qué casualidad!, como los tíos− y buscar activamente follar para tener muchos orgasmos –¡también como los tíos!−.

Si esta vez ocurre como en las anteriores, las mujeres acabarán dándose cuenta de que se las ha vuelto a utilizar, el monte volverá a tener el mismo orégano que siempre –o sea, poco− y el pretendido país de Jauja seguirá quedándonos muy, muy lejos… pero, no lo duden: se inventarán nuevas técnicas para que las mujeres sigan abriéndose de piernas… por su propia voluntad y deseo porque, si no –y esto es bien cierto−, la Norma no funciona.

Problemas con el lenguaje y las expresiones

  • Cuando se juntan varias personas a hablar de forma seria de estos temas, el lenguaje a emplear es un problema arduo porque el léxico popular se siente como soez, vulgar, sucio… Se evitan palabras como coño, chocho, conejo, almeja, felpudo, polla, picha, tranca, mango, cipote, follar, meterla, hacer chof-chof, dar por culo, mamada, lamer, chupar, paja, ponerse grande, ponerse palote, coño babeante, babas vaginales, lefa, mojarse, ponerse cachondo/a, correrse… y se buscan voces extraídas de algún ámbito respetable (como la Medicina, la Sexología, la Ginecología o el Diccionario de la Real Academia de la Lengua), que tienen la decencia que a las otras les falta: pene, vagina, penetración, sodomía, felación, cunnilingus, onanismo, erección, semen, eyacular, excitación, deseo, atracción…

     Pero nos quedaríamos de piedra si conociésemos el significado de algunas de esas palabras cuya limpieza parece fuera de toda sospecha. Consideremos tres ejemplos.

    • El primero es la palabra cunnilingus, que se refiere a esa cochinada que… bueno, lo miráis en el diccionario. La primera parte proviene del latín cunnus, que se usaba para referirse a la vulva en tono vulgar (de ella deriva, directamente, “coño”). La segunda parte proviene de la voz latina ‘lingua’, que significa lengua, que procedía de una raíz verbal anterior al latín cuyo significado era lamer, por lo que lingua y lengua significan ambas, órgano para  lamer. Está claro, pues: uniendo ambas partes nos sale… la definición que habéis visto en el diccionario.

      Luego, en algún momento de la historia, la vulva comenzó a llamarse “conejo”, en referencia de matiz vulgar. ¿Por qué? Imaginad un conejo agazapado, visto de lado: entre la cabeza y la cola sobresale, abultada hacia arriba, la espalda del animalito, cubierta de suave y sedoso pelo. Sobreponed a esa imagen la de una mujer tumbada boca arriba, desnuda y con el pubis sin depilar, vista también de lado: sobresale un abultamiento velloso entre el vientre y las piernas, muy parecido a la espalda del conejo. Es la zona que, por elevarse sobre el resto, se llama Monte de Venus [[ésta era la diosa romana del amor, la belleza y la fertilidad, con lo que Monte de Venus significa monte del amor, altozano del placer, colina de la belleza, cerro de la fertilidad]]. Conejo se decía en latín ‘cuniculus’, que originalmente significó galería subterránea que, como metáfora, es adecuada para referirse a la vagina. Dado que ‘cunnus’ y ‘cuniculus’ poseen cierta similitud fonética, se puede considerar esta última también como origen de cunnilingus. No es etimológicamente exacto, pero sí puede serlo históricamente.

      Así que por ambos caminos, cuando decimos cunnilingus estamos diciendo, ahora sí, y literalmente, lamer el coño/chupetear el conejo. Así que la próxima vez que, por dárnoslas de cultos o de correctos, usemos, con seriedad y compostura a prueba de dudas la palabra cunnilingus, recemos porque nuestro interlocutor no conozca su origen, porque si no…

      Como dato curioso, el emblema de Playboy era un conejo, y las chicas Playboy se conocían como Las conejitas de Playboy: amor y belleza a todo pasto −¿o será sexo y belleza?− (no metamos aquí la fertilidad, incluida también en la simbología del conejo, que no pinta nada, pues Playboy pertenece a la tabla izquierda del cuadro, no a la derecha, aunque con los sesudos artículos que publicaba en medio de fotos de chicas desnudas lo intentase).

    • Otra palabra por el estilo, aunque no de origen tan rocambolesco, es vagina, que evita usar coño, chocho, almeja, conejo, felpudo… En este caso la voz latina originaria se mantiene tal cual, y significa vaina, estuche o cáscara. ¿Vaina o estuche de qué? ¿No se os ocurre? ¡A que sí! Imaginad un aguerrido militar dieciochesco en actitud de envainar con honor su honorable espada en la vaina que lleva al cinto, y aventurad qué es lo importante en esa imagen, la espada o la vaina que protege su filo. ¿A que habéis acertado? Pues lo mismo ocurre con el pene y su vaina, la vagina: la entidad está en el pene/espada; la vagina/vaina es sólo el estuche, no tiene entidad más que en referencia al pene. La espada sirve para muchas cosas, importantes además, valerosas, sublimes, encendidas… pero la vaina sólo sirve para guardar la espada; puede ser artística, pero sólo sirve para guardar la espada.

    • La última palabra que vamos a considerar es semen, cultismo que sustituye a lefa… y que nos puede sorprender en la misma línea que vagina. Proviene del latín y significa semilla… y ya la tenemos montada. La semilla cae en la tierra, que le sirve de alimento y soporte, pero la información de la nueva planta, su núcleo, está en la semilla, no en la tierra: de hecho, los cultivos hidropónicos prescinden de ella. Si trasladamos la imagen a lo que pretende referir, la semilla la pone el hombre, y la tierra en la que cae, prescindible, es la mujer.

      Desde luego que esta imagen responde a épocas en que no se sabía que la mujer producía óvulos y que estos son tan importantes, fifty-fifty, como los espermatozoides del semen. Pero, precisamente, ese desconocimiento delata la ideología que sustenta la denominación de semen para la producción masculina. Para acabar de caldear los ánimos, las tendencias en la tecnología de fecundación artificial no pueden prescindir del óvulo ni del espermatozoide, pero sí de la mujer como incubadora: esa función va a desaparecer, supongamos que como opción, con los úteros incubadores artificiales que ya están en fase avanzada de construcción, sustituyendo –se afirma que con ventajas− a esa función femenina que en prácticamente todas las tradiciones define a la mujer: el embarazo de nueve meses y la maternidad posterior

  • Veamos ahora un par de problemillas con la expresión de lo sexual.

    • Puesto que todo el mundo sabe –aunque en secreto− lo que mienta cuando se refiere al sexo y conoce, además, que eso no se puede expresar libremente y en voz alta, las palabras y expresiones que utilizamos para referirnos a ello son abundantes, pero ninguna estable y definitiva. Como, según en qué ambientes, no se puede decir libremente follar, se ha sustituido por hacer el amor. Pero como la identidad de ambos procesos no parece estar muy clara, ahora se estila decir “practicar sexo”, que parece algo limpio. Pero ¿”practicar”? ¿Se trata de una tabla de gimnasia, de un deporte, de una actividad que se desarrolla, como la pesca deportiva o el alpinismo? Esa moda de decir “practicar sexo” traduce que nunca sabemos cómo referirnos a “eso”, y que vamos variando de expresión a medida que “eso” las va contaminando con su suciedad.

    • Segundo. Imaginad que vuestro hijo o hija de treinta y pico años y ya independiente, se ha echado novio o novia, según el caso, la oportunidad y el gusto. Imaginad también que llevan unos meses ahorrando para marcarse un viaje, pongamos que a una isla tropical casi desierta y que, al llegar las Navidades, se cogen el avión y se van veinte días al paradisíaco destino. No hay cobertura, así que no llaman; ya lo habían avisado.

      Pasados los veinte días, por la tarde, os suena el móvil: es la niña o el niño (ponéis el manos libres), que con voz cansada os cuenta que acaban de llegar a casa y que lo primero, antes de nada, ha sido llamaros. Después de los cariños de rigor os cuenta el viaje (es charlatán, o charlatana): os habla del color turquesa de las apacibles aguas, de la arena finísima, de lo bien que estaba el hotel, de lo rara pero exquisita que era la comida, de las hamacas, que parecen más cómodas de lo que son, de las puestas de sol, de una excursión que hicieron a otra isla, y ¿a que no sabéis a quién nos encontramos allí?… ¡a fulanita!, ¡a que es increíble!, de los libros que han leído, de lo bien que se estaba sin televisión ni móvil, de lo que han tomado el sol, de lo morenos que han vuelto, de los cocodrilos que vieron un día en otra parte de la isla, de lo maja, ¡majísima!, que es la gente allí, a pesar de ser tan pobre, del pescado del día que compraban en la aldea cercana y que después les cocinaban en el hotel, langostas y todo, oye, y casi gratis… Y sigue así un buen rato. Al final se despide, sí, venga, descansad, que estaréis cansados, sí, no os imagináis cuánto, el avión es matador, es lo único malo del viaje. Y cuelga.

      Colgáis también y os miráis el uno al otro consternados: ¿es que en veinte días no han follado ni una sola vez? A su edad nosotros…  ¿Deberíamos preocuparnos por la relación?

      Pues no, estamos convencidos de que no deberíais preocuparos, ¿verdad que no? Lo que pasa es que esas cosas no se cuentan. Nadie cuenta que se me ponía la polla como el mástil de una bandera (española, senyera o ikurriña, que para el caso…) ni que se me ponía el coño como el de una perra en celo, ni que nos pasábamos el día follando, aquí, allá y acullá, y buena parte del resto del día era para descansar y recuperar fuerzas…  No, eso no se cuenta. No se les cuenta a los padres, pero tampoco a los amigos, ni a los hermanos, ni a los vecinos, ni se le declara a Hacienda ni al Gobierno –tampoco al autonómico−, ni a las ONGs, ni… … … … ¡Que no!, que eso no se cuenta.

      Vale. Pero ¿alguien sabe por qué? Si cuentas que te picó una medusa y que te dolió mucho ¿por qué no cuentas que te picaron o picaste de otra manera y que te gustó muchísimo… o tal vez lo contrario?, ¿o que los de la isla tienen una receta maravillosa para las relaciones, que da mucho gusto, y nos la enseñaron, ¡oye! a ver si nos la pasas, sí, sí, la semana que viene vamos y nos montamos una a cuatro con la receta, ¡ya veréis!

    Hablar de sexo constituye siempre un verdadero problema de lenguaje.

Problemas de consideración y expresión mentales

El hecho de que sean dos y sólo dos los tipos de órganos sexuales que se admiten como correctos y sanos, y que todo lo demás se catalogue como anormal y se considere problema médico o psiquiátrico, lleva a considerar que hay sólo dos formas correctas y sanas de ser y sentirse humanos: o se es y se considera uno a sí mismo hombre o se es y se considera una a sí misma mujer.

Eso genera la creencia inconsciente de que el conjunto de las mujeres, por un lado, y el de los hombres, por otro, se deben pensar, cada uno, como una globalidad que, en el fondo, es homogénea. Hablamos, en consecuencia, tranquilamente, de “las mujeres” o “los hombres” en general, como si todos o la mayoría de los miembros de cada grupo estuviesen cortado por el mismo patrón. Aunque las diferencias individuales nos azoten la cara, una fe más profunda nos lleva a referirnos a cada grupo como dotado de unas características comunes que sobrepasan, con mucho, las peculiaridades individuales. ¿Quién no ha dicho o estado de acuerdo −en momentos de risa, desesperación o convicción− con pensamientos y frases como «todos los tíos son iguales» o «todas las tías son iguales», «es que los hombres son…» o «es que las mujeres son…», o un larguísimo etcétera?

Por mucho que queramos pensar en contra de esa determinación de la forma de ser por una interpretación normativa de la fisiología, vivimos en la convicción de que las cosas son así, y las expresiones que lo confirman se nos escapan a cada paso.

¿Qué pinta la mujer en las tablas del cuadro?

De acuerdo a los dibujos de ambas tablas, la atracción sexual trajina más, en general, a los machos que a las hembras, por lo que, lógicamente, el sexo vuelve locos a los hombres, pero no queda tan claro que eso ocurra con las mujeres. En el material visual que ofrece la tabla izquierda (vídeos y fotografías de penetración vaginal), y de acuerdo a las imágenes semilla/tierra y espada/vaina –pertenecientes a la tabla derecha−, las mujeres dan la impresión de ser sólo acompañantes en la deriva normativa a la eyaculación; acompañantes bastante convenientes, incluso muy convenientes (tabla izquierda)… casi hasta necesarias (en la tabla derecha, que conduce a la reproducción), pero ellas mismas ¿participan del proceso como algo más que estimuladores (tabla izquierda) o acompañantes en espera del embarazo (tabla derecha)? Sigue sin estar claro. De hecho, si se comparan las imágenes con la teoría se produce una perplejidad más que curiosa. Consiste en lo siguiente:

La Norma considera que el placer es el acicate para la reunión de los sexos y el cumplimiento del mandato reproductivo. Vale, pero el clítoris, que se proclama como el órgano del placer femenino, está fuera de la vagina, y la penetración no lo estimula. Además, como se ve en los materiales pornográficos, caso de que el hombre lo haya atendido antes, en cuanto comienza con la penetración vaginal deja de hacerlo por mera incomodidad física en muchas posturas, y la estimulación queda en manos (literalmente) de ella, que a menudo se frota con una fiereza y un frenesí que parecen corresponder más a alentar el frenesí penetrativo del hombre que al posible efecto autoestimulador. Otro tanto ocurre con el punto G: éste sí está dentro de la vagina, pero la penetración tampoco lo estimula directamente.

La perplejidad que eso produce es esta: ¿cómo puede la penetración ser el modelo normativo y la búsqueda del placer su motor, si la fuente del placer femenino no se estimula en ella? El placer que ella pueda obtener no parece estar previsto, ni directa y activamente buscado como sí lo está el del hombre, porque la simple penetración, que sí hace eyacular al hombre, no estimula sus puntos generadores de placer. Si la Norma dibujada en las tablas reflejase lo que realmente debe ser, habría que concluir que la mujer está mal hecha, que es un fallo de la evolución, y eso despejaría la perplejidad. Pero ¿cómo puede haber cometido la evolución semejante disparate?, ¿o tendrá –como dijo Sigmund Freud− que aprender a trasladar las sensaciones clitoridianas a la vagina, y sólo cuando lo consiga tendrá un orgasmo maduro y adulto? [Freud lo llamó transferencia clitoral-vaginal; a pesar de su excelencia, él también se movía dentro del modelo normativo coital-eyaculador, y sus teorías eran coherentes con ese  modelo].

Eso en cuanto a los vídeos y fotografías de penetración vaginal. En cuanto a la exposición de chicas desnudas en imágenes estáticas, ¿les produce a ellas tanto placer esa exposición como al hombre que se excita y/o pajea mirándolas? Tendemos a pensar que claramente no.

En conclusión, la Norma heterocoital no busca placer físico directo para la mujer; la deja de lado, usándola como mero instrumento para el placer del hombre.

La literatura científica y no científica sobre el orgasmo femenino y sobre qué es lo que las mujeres realmente sienten y quieren, es infinita, porque aquí se han sentido con derecho a opinar desde científicos a sacerdotes hombres y célibes; todos han dictaminado en qué consiste y cómo debe ser el orgasmo de la mujer y su deseo. Y, a menudo, las mujeres se lo han creído.

Y más y más…

  • Cuando los tíos se corren, se desinflan del todo: se les achican la polla y el deseo, el pito y el entusiasmo, el pene y la pasión. Si eso les ocurre masturbándose, simplemente cierran la revista o apagan la pantalla del ordenador: ya no les interesa lo más mínimo lo que ven, y se duermen o cambian de actividad. Y ahí no hay problema. Algo parecido puede ocurrir si están con otro hombre, porque los ritmos se pueden acompasar fácilmente; los dos se pueden dormir a la vez o fumar a la vez o ponerse a la vez a ver la tele, sin que ninguno plantee más exigencias –si las plantea, pasamos a la situación siguiente−.

    Si están con una mujer, la cosa cambia:

    • si ella ha tenido su orgasmo antes de que él se haya corrido, puede estar más tranquila o seguir deseante, pero como el tío aún no se ha corrido, no hay mayor problema;

    • si la mujer no ha tenido su orgasmo, ¡qué os vamos a contar!, lleva todos los boletos para quedarse a dos velas a menos que el tío haga el sacrificio de despejarse y seguir manos a la obra cuando su cuerpo le está gritando que no, que no y que no;

    • y si lo tiene a la vez que el tío –el famoso y promocionado orgasmo simultáneo− se desata el drama porque a ella le sube mucho la necesidad de abrazar, besar, restregarse, la necesidad de que el hombre siga con toda su pasión puesta, incluso de que siga con una penetración de cadencia fuerte… pero el hombre no puede seguir. No es que no quiera o no le apetezca, es que en pocos segundos ya no puede, porque los antes flamantes polla y deseo se le desfiguran por completo. Y eso conduce a la frustración: si sigue, se violenta él y si no lo hace, se frustra ella. En cualquier caso, mal plan porque se frustran ambos.

  • Las tasas de infidelidad masculina en parejas que se han prometido sinceramente amor eterno y exclusivo son abrumadoras… eso teniendo en cuenta sólo la infidelidad consumada, que si hablamos de la infidelidad deseada… Las violaciones de mujeres han estado siempre a la orden del día; las mujeres han sido siempre botín de guerra, oficial o extraoficial, pero sabido, consentido y alentado por los Estados, y a menudo también por los dioses. ¿Cuántos abortos no naturales ha habido en la historia y cuánto pesan en las conciencias de las mujeres pasadas y actuales? ¿Cuántos hijos no deseados ha habido en la humanidad, procedentes de descuidos, violaciones o tenidos en una huida hacia delante para intentar salvar el matrimonio (en todos los casos, hijos no deseados por sí mismos)?

  • A pesar de que el sexo es el comienzo de la vida para muchos seres, gran parte de lo llamado sexual está degradado, ensuciado, pisoteado, expulsado con oprobio de los altares oficiales de las religiones, de los panteones de los Estados y de la misma noción de humanidad, recluido en barrios sucios, antros sospechosos, peligrosos, anudado a todos los vicios (en la actualidad, a los virus informáticos); está fuera de todo eje, la represión campa sin freno, lo mismo que la culpa, la vergüenza, la hipocresía y las dobles morales. Constituye el negocio más antiguo y redondo del mundo; está a la base de casi toda la publicidad, de manera descarada o sutil, y eso lo convierte en un arma muy efectiva para el manejo de personas y masas.

  • Actualmente, en España, para poder trabajar con menores se exige un “Certificado de delitos de naturaleza sexual” o “Certificado de penales sexuales”: un documento que acredite que la persona en cuestión no ha estado nunca acusada de delitos sexuales. En la web de la UPF (Universidad Pompeu Fabra) los delitos sexuales se definen como «aquéllos por agresión y abuso sexual, acoso sexual, exhibicionismo y provocación sexual, prostitución y explotación sexual y corrupción de menores[4]». Parece claro ¿verdad? Pero pensemos lo siguiente: ¿admitiría la generalidad de los padres españoles que un profe gay o bollera declarados, pintureros y con pareja homosexual conocida, se llevase de campamento a sus hijos acompañado/a de su pareja? ¿No entraría eso, para algunos, dentro de los epígrafes de “abuso”, “acoso”, “exhibicionismo”, “provocación” o “corrupción de menores” −se atreviesen a decirlo, o no, en una reunión del AMPA (Asociación de Madres y Padres de Alumnos) para preparar las colonias?

 


[1] Miedo al desempeño o a no dar la talla es la forma técnica de expresar la inseguridad de los hombres cuando, ante situaciones sexuales, se preguntan: ¿se me levantará o no se me levantará?, y si se me levanta ¿lo hará suficientemente?, ¿durará?, ¿me correré demasiado rápido?, ¿haré el ridículo?, ¿se reirá(n) de mí?, ¿la tendré demasiado pequeña?, etc. El miedo es, a veces, tan fuerte, que provoca la renuncia.

[2] Hartmann, W. y Fithiam, M. (1984) Las técnicas del placer. Barcelona: Martínez Roca.

[3] Según estadísticas del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, actualizadas a noviembre de 2019, el número de abortos realizados en centros públicos y privados de España ha subido de un 1,9 por mil mujeres en 1987 a un 11,12 por mil en 2019 (unos 90.000), con el pico más alto en 2011, cuando se llegó a un 12,47 por mil (unos 110.000) [[https://www.epdata.es/datos/cifras-aborto-estadisticas/247/espana/106]]..

Se atribuye el descenso observado desde 2011 a 2019 a la posibilidad de adquirir sin receta la pastilla del día siguiente desde 2009 (PAU o Programa de Anticoncepción de Urgencia), de la que las farmacias españolas han distribuido más de siete millones de dosis en estos diez años [[https://www.eldiario.es/sociedad/Pildora-dia-despues-anos-educacion_0_948755861.html]], cifra a la que hay que sumar las adquiridas directamente de los laboratorios por organismos autonómicos para su distribución gratuita en hospitales y centros de salud, que en 2004, cuando aún hacía falta receta médica, fue cercano al 50% más: de 365.000 PAU distribuidas con receta médica por las farmacias, a un total de 600.000 pastillas consumidas [[https://www.elmundo.es/elmundosalud/2005/04/13/mujer/1113413201.html]]. Este último informe constata un aumento del 10% en el consumo anual da la PAU en 2004; si esa tendencia se ha mantenido, en 2019 se habrían consumido 1.500.000 dosis. A ello hay que sumar las pastillas adquiridas por Internet, cantidad difícilmente determinable pero con la que hay que contar.

[4] https://www.upf.edu/web/antecedentespenales/certificado-de-delitos-de-naturaleza-sexual-cdns-#:~:text=Los%20delitos%20de%20naturaleza%20sexual,sexual%20y%20corrupci%C3%B3n%20de%20menores