CALLEJON SIN SALIDA (IV)
(Si de verdad me quisieses…)
El chico arrollador está cansado de discutir siempre de lo mismo con la chica decidida. Llevan cinco meses de relación y la pelea se planteó desde el primer día que salieron juntos, cuando escaparon en ascuas de la discoteca y se perdieron por el campo.
El chico arrollador le había echado el ojo hacía una temporada a la chica decidida, pero últimamente había estado muy ocupado con Mari y con Silvia. Además, habían sido los exámenes. Cuando Mari y los exámenes fueron historia, el chico arrollador fijó su atención en la chica decidida. Ésta, que a su vez ya le había echado el ojo, se percató enseguida de su interés y decidió hacer pasar también a Silvia a los anaqueles polvorientos de la historia. Preparó con sus amigas la encerrona para aquel sábado y el chico arrollador cayó en la red. Se hizo la encontradiza, hablaron, rieron, bailaron, se apretujaron, se besaron y se manosearon con ansia. La chica decidida iba tan deprisa como el chico arrollador, y cuando la discoteca los empezó a ahogar salieron fuera, a un descampado, a desafiar el frío. Entre el revoltijo de manos, bocas, suspiros y ropas a medio quitar, el chico arrollador oyó la suave pero apremiante voz de la chica decidida:
— ¿Has traído algo para ponerte? … mmm… póntelo. Ya. Ahora.
Fue casi sólo un jadeo, pero estaba claro. Decidió hacerse el sueco mientras la besaba con fuerza y se afanaba en soltarle la maldita hebilla del pantalón, confiando en que la perentoriedad de la acción obnubilara la mente de la chica decidida. Musitó:
— ¿Qué?
Fue sólo otro jadeo, pero también quedó claro. La chica decidida optó por hacerse la loca: no era cuestión de montar una escena la primera vez porque quería que hubiese una segunda. Besándolo con desesperación insistió:
— Que si …mmm … has traído eso. Póntelo, que me muero de ganas.
Y sin separar la boca de la de él, abrió los ojos y lo miró de frente con una medio sonrisa entre cómplice y maliciosa, a la vez que empezaba a bajarse el pantalón.
— No, no … mmmfff… no hace falta.
El pantalón de él ya estaba fuera. Ella, haciendo un difícil ejercicio gimnástico para no separarse demasiado, consiguió meter la mano en el bolsillo trasero de su propio pantalón, que ya caía a los tobillos, y extrajo un condón. Sabía lo que iba a pasar, lo quería, había venido preparada y no estaba dispuesta a darle tregua.
— Toma, yo sí he traído. Póntelo rápido.
La mente del chico arrollador funcionó a toda velocidad. Allí tenía una chica que le gustaba, anhelante, todo lo desnuda que el frío permitía y la circunstancia exigía, y él mismo estaba a punto de explotar. No era cuestión de pensárselo dos veces. Además, no estaba para pensar. Ya se la trabajaría en otra ocasión. Cogió el condón, rasgó el envoltorio y se lo puso. Todo deprisa.
Eso fue la primera vez. Eran unos desconocidos. No tenían aún confianza para hablar. Su relación era sólo de ansia. Aún no había habido cafetería ni calle ni Uni ni cine ni teléfono. La segunda vez ocurrió lo mismo. No habían tenido tiempo para hablar. Y la tercera. Pero poco a poco empezaron a quedar no sólo para dar salida a sus ansias, sino para hablar, beber, reír, pasear de la mano o estudiar (aunque cada vez que quedaban para estudiar…). Y ahí encontró el chico arrollador espacio adecuado para ir dejando caer, espaciadas, sus cargas de profundidad:
— ¿Por qué siempre con condón?
Pero la chica decidida se mostraba inflexible:
— Porque sí.
Y en otra ocasión:
— Alguna vez podríamos hacerlo sin condón ¿no te parece? Te va a gustar, ya verás.
Pero no conseguía nada.
— ¡Que no!
El chico arrollador está un poco harto, y a los cinco meses ha decidido jugarse el todo por el todo. Visto que en el momento del calor no consigue imponerse a la chica decidida, se ha propuesto hablarlo en frío, razonarlo y convencerla: hay que desterrar el condón. Por lo menos algunas veces, cuando no sea peligroso. Aborda el tema un día al salir de clase, mientras caminan perezosamente por la calle. Le da bastante corte hablar de esto tan claro y en frío, pero el premio que espera lo merece.
— Oye, quiero que hablemos de lo del condón.
— ¿De qué condón?
— ¡De qué condón va a ser! De que siempre tenga que ponerme condón.
— Te queda muy bonito. Con su capuchoncito. Parece un gnomo −le dice ella, juguetona, a la vez que le hace un mohín cariñoso−.
— No. En serio −y se desembaraza de su contacto como para indicarle que esta vez no admitirá juegos−. Alguna vez podríamos hacerlo sin condón. Por lo menos alguna vez. Después de que tengas la regla o así. O justo cuando empieza. Ahí no pasa nada.
Ella afloja su gesto de cariño como para indicarle que acepta sus reglas de juego y que sí está hablando en serio.
— No, ya sabes que no, que no se puede.
— Pero ¿por qué? ¿Por el embarazo? Si ya voy a tener cuidado. ¿Te crees que yo quiero que te quedes embarazada? Mira, aunque sea sólo un poco, la puntita nada más, y luego la saco. Te prometo que no me voy a ir dentro.
— Que no, que no es seguro. Además, eso lo dices aquí, en frío; luego en el calor de la historia… es distinto. Si un día no puedes contenerte ¿qué?
— Que no, que sí me voy a controlar muy bien. Te lo juro. Mira Silvia y las otras: no están embarazadas ¿no?
El chico arrollador sabe que tal vez haya sido una torpeza mentar a las otras delante de ella, hablando de algo tan íntimo, pero tenía que arriesgarse a jugar esa carta. Sin embargo la chica decidida no está dispuesta a caer en una trampa tan simple y responde:
— ¿”Esas” lo hacían sin condón?
— Sí, a veces.
— No me extraña −y se le agria un poco la sonrisa mientras mira por un momento a ninguna parte, como pensativa−. Además, que tú puedas controlarte no significa que yo también pueda. Y si te retengo sin darme cuenta, ¿qué?
— ¡Bah, venga ya! −bromea él, convencido de que sólo de él depende el asunto−.
— Y tú, ¿por qué insistes tanto en hacerlo sin condón? ¿Qué pasa con el condón?
— Es que es un rollo. Hay que parar, ponérselo… Yo me enfrío −se lo piensa mejor−, bueno, nos enfriamos.
— Yo no, a mí me gusta; es como jugar con un juguete.
— Pero yo no soy un juguete.
— No, claro que no. Lo que quiero decir es que es divertido, da algo de variedad al asunto… no sé. Además yo creo que nos ha ayudado mucho. ¿Te acuerdas al principio, que lo hacíamos siempre de noche o sin luz o con los ojos cerrados porque no nos atrevíamos a mirarnos? ¡Qué curioso! Nos acostábamos pero casi no nos atrevíamos a mirarnos más que a la cara. Pues yo creo que lo del condón nos ha ayudado a ver las cosas más… a hacerlo más… no sé… natural o algo así.
— Sí, para ti será divertido, pero yo pierdo mucha sensación. No tiene ni color.
— ¡Bah, ya será menos! Además está el asunto de las enfermedades.
— ¡Ah, por eso sí que puedes estar tranquila! Yo estoy muy sano y fuerte, ya me conoces.
— Sí, ¿y Silvia?, ¿y las otras? ¿Y quién me asegura que no te has acostado con más desde entonces? Por ejemplo, con esa de tu clase que te mira con ojos de besuga. ¿Cómo se llama…? Maider, ¿no?
— ¿¿¿Maider??? ¡Pero qué dices, tía!” ¡Tú flipas! Te juro que ya no me he acostado con nadie más, te lo juro. De verdad.
— Vale, vale, te creo. Pero… ¿quién te dice a ti que no me he acostado yo con otros chicos?
El chico arrollador acusa el golpe. No se lo esperaba. Titubea. Se queda en blanco por unos momentos.
— Que no, tonto, que sólo estoy contigo, que sólo te quiero a ti.
Sonriente y conciliadora, la chica decidida le rodea el cuello con los brazos y le da un beso divertido y juguetón. Al él no le ha hecho mucha gracia la bromita. Pero el chico arrollador es también sensato: repliega velas y vuelve al ataque.
— Sí, dices que me quieres, pero no veo yo que me quieras mucho. No confías en mí.
La chica decidida no se inmuta; sigue con la sonrisa conciliadora y el gesto cariñoso.
— Que sí, tonto, que sí confío. Pero es que no es eso, no es cuestión de confiar o de no confiar, es…
— Sí que es eso. Es eso. No confías en mí. Sabes que es algo importante para mí y no lo haces porque no confías en mí −el chico arrollador está lanzado−. Crees que quiero hacerte algún daño y no es verdad. Yo no te haría daño por nada del mundo. Porque yo sí que te quiero, yo sí te quiero de verdad. Mira todo el tiempo que llevo poniéndome el condón por ti, porque sé que tú quieres, sólo porque tú quieres.
A la chica decidida empieza a faltarle el aliento. La sonrisa se le ha congelado y el gesto de cariño se le ha convertido en mueca. Nota una cierta sequedad en la boca. Se está viendo conducida a algo que sabe que no quiere, pero que le parece ya inevitable. Y mientras baja la cabeza, como pensando, oye la voz del chico arrollador, que no llega a ser airada:
— Y si tú me quisieses, si me quisieses de verdad, como dices, harías eso por mí. Pero ya veo que no me quieres.
***
«Si de verdad me quisieras…», una frase histórica para las relaciones humanas, principalmente para aquéllas en las que alguien tiene o siente que tiene una cierta dependencia con respecto de otra persona, bien sea por amor, laboral, etc. Fácil de decir y complicada a más no poder. Y tiene variantes igualmente jugosas, como «Si no eres capaz de hacer eso por mí, es que no me quieres», o también «¡Cómo no voy a ser capaz de hacer eso por él/la si le/la quiero tanto!», o esta secuencia que no dice nada pero… « −Te quiero… −Demuéstramelo, demuéstrame que me quieres», o quizás «¡Venga, por qué no, si a mí no me cuesta nada y a él/la ¡le cuesta tanto!», o «Eres un/a egoísta, ¿es que siempre te tienes que poner tú por delante? Alguna vez podrías ponerme a mí en primer lugar, ¿no?», o «No pasa nada, lo hago y ya está; ¡por la paz un Avemaría!», etc.
Parece como si algo en las relaciones hiciese imposible estar con otro sin renunciar en algo a sí mismo/a. Que esto ocurra en relaciones en las que hay una cierta disimetría de poder, como las de jefe → subordinado o padres ↔ hijos, puede ser injusto, pero es comprensible: al fin y al cabo la explotación de quien está más abajo es una tradición milenaria entre los humanos. ¡Pero en las relaciones de amor…! Éstas son, o deberían ser, simétricas, igualitarias, sin desniveles de poder. Pero da la impresión de que en una relación de amor, como la de la historieta anterior, cada uno de los dos protagonistas, pongamos ‘A’ como ejemplo, se ve autorizado por Amor a reclamar que el otro, ‘B’, se comporte con él en los términos que A tiene por adecuados según su propia visión de la vida. Pero B siente que si se comporta con A en las condiciones que éste le pone, cede de sí, renuncia a algo de sí, y que esa renuncia le rompe. Por eso responde a A que se va a comportar con él en sus propios términos (los de B), porque también se siente con derecho y necesidad de no dejar de ser sí mismo, de atenerse a su propia visión de la vida.
Y así llega un momento en que el amor, que debería ser la vía de encuentro por antonomasia entre las personas, desemboca en ser una vía de incompatibilidad, pues al afirmar a uno, A, como sí mismo lo separa del otro, B. Por más que lo intenten, a pesar de la mejor buena voluntad de ambos, B no consigue encontrarse a sí mismo si cede a las demandas de A. Y ese punto llega siempre en las relaciones, principalmente en las de amor: el momento de no poder seguir con la relación a menos que se renuncie a algo de sí mismo/a; y, por ende, el momento de no poder continuar siendo fiel a sí mismo/a a menos que se renuncie a la relación.
Seguramente estas situaciones os sonarán de algo, ¿no? Ambos, A y B, entran en un rompecabezas de arrancarse los pelos de desesperación por no entender lo que pasa, por no poder comprender al otro, por no conseguir participar de la lógica de su pensamiento, porque se encuentran enfrentados a dos necesidades que creían compatibles pero que ahora parecen incompatibles: ser sí mismos y mantener la relación.
En medio de ambos se sitúa el Amor, ¡el bendito Amor! –o aquello que nos han dicho que es amor−, que, con batuta inflexible, decide qué se puede y qué se debe hacer en sus maravillosos y ácidos e incomprensibles –todo a la vez− dominios.
En ellos, lo que dice A y lo que escucha B tienen poco que ver. A pronuncia la frase del chico arrollador, a saber, «y si tú me quisieses, si me quisieses de verdad, como dices, harías eso por mí». Pero B, la chica decidida en el ejemplo, escucha «si me quisieses de verdad renunciarías a ti misma para estar conmigo». Y nadie está dispuesto a hacer eso.
Pero…
Pero –y aquí empieza la verdadera acción de la película, después de los títulos de crédito− lo malo de las relaciones amoroso-sexuales es que a menudo Amor, ese dios celoso de sus propias manías, inspira a B a escoger dejar de ser sí-mismo para demostrarle a A que la relación es lo más importante, que él/la es lo primero en su vida, que por su amor es capaz de superar todo el egoísmo que ha caracterizado su existencia hasta ahora, que ha cambiado, que es una persona nueva y mejor gracias, precisamente, a él/la, al amor que se tienen, etc., etc., etc.
¿Y qué pasa entonces? Pues… ateniéndonos a la experiencia −¡ah, la experiencia, qué desabrida, acerba y cáustica!; es como la maldita hemeroteca para los políticos− pues eso, que escuchando a la experiencia, diría que lo que ocurre es que buscando el amor acabamos desatando el infierno; que o bien hay algo que no sabemos qué es, que sesga la dirección del amor y nos pone en cepos de los que parece imposible salir, pero que no deberían formar parte del amor… o bien el amor incondicional referido en todas las frases «si de verdad me quisieses…» y sus variantes, no es amor, y éste se nos escapa no sabemos por dónde ni adónde ni por qué causa. Cuanto más nos sacrificamos por buscarlo, más se aleja. Eso acaba envenenando la relación que se pretendía poner en primer lugar negándose a sí mismo. Por eso el adulto, civilizado, bienintencionado y equitativo "hoy cedo yo, mañana tú" se vive en las Parejas de Amor como una negación del propio ser, que provoca malestar y que a la larga sólo es soportable por la venganza presentida de que mañana serás tú quien se niegue y yo quien gane.
¿Que no es verdad?, ¿que es demasiado descarnado e irónico para ser cierto? Asistid a un proceso de separación y comprobaréis la detallada contabilidad que cada miembro de la Pareja ha llevado de sus cesiones e inversiones.
Por si no ha quedado suficientemente claro, pongamos otro ejemplo, no tan dramático como el anterior y en el que las consecuencias de ceder no sean tan graves.
***
Llueve. Hace frío. Es invierno. Aúlla el viento. Es de noche… unas condiciones de perros. Rebeca está en casa, ya en pijama, con la cale puesta, arrebujada hasta el cuello en una mantita, viendo la tele y dispuesta a meterse en su cama a la voz de ya.
Suena el móvil. ¿A que es él? Lo coge. Es él.
— ¡Hola! −voz aterida, de intemperie.
— ¡Hola! −voz cantarina, de calefacción−. ¿Qué?
— Nada. Que acabo de salir de la Academia y está cayendo la intemerata y no he traído paraguas.
Pequeño silencio.
— ¿Y…? −ella se teme lo peor; en realidad se lo ha temido desde que ha sonado el teléfono−.
— Nada..., que si te importaría venir a buscarme −no hay como esperar lo peor para que suceda−.
Silencio … Más silencio … un poco más aún.
— ¿Quéee?, ¿vienes? −voz suplicante pero que no admite alternativa, que no dice nada pero que lo dice todo: soy tu hermano, ¡cómo no vas a hacer esto por mí!
Mientras tanto, ella piensa. Es su hermano pequeño y tiene con él una relación muy maja. Eso es cierto. Además ella es una chica mayor, es psicóloga, es adulta, es una persona con experiencia, hace meditación, yoga, Mindfulness, Reiki, Constelaciones, asiste a encuentros de terapia de grupo, lee filosofía…. Así que no se va a dejar atrapar en un cepo tan burdo. Le contesta con su mejor voz:
— Mira Lander, salir ahora de casa, con este tiempo y, además, por un olvido tuyo, no me apetece nada, pero por ti lo haré con gusto. Voy enseguida. Métete en el “Tomaivi” –un bar− y cuando esté llegando te hago una perdida.
Y se queda tan ancha. ¿Quién puede mejorar esa respuesta? ¿Ha atado todos los hilos? Sí. ¿Ha sido delicada, conciliadora, amable? Sí. ¿Cumple lo que él le pide? Sí. ¿Es honrada consigo misma, no se vende? Sí. ¿Es razonable? Sí. ¿Se ha cargado la relación o la ha mejorado? La ha mejorado. Y un etcétera de savoir faire tan largo como queráis.
***
¿Qué creéis que va a pasar a continuación?
Ella ha sido muy hábil –no malvada, pero sí hábil−: ha conseguido, tal vez sin proponérselo conscientemente, que el cepo que la aprisionaba a ella aprese ahora a su hermano. Éste, en efecto, comienza a sentir que habría preferido que Rebeca se hubiese guardado para sí misma la primera parte de su respuesta, porque cuando quieres a alguien, cuando de verdad le quieres, si verdaderamente es de verdad que le quieres, esas cosas no las sientes o, si las sientes, las rechazas ipso facto y te las comes, pero no las dices, porque si no ¿qué mierda de amor sientes por esa persona, que le echas en cara todo lo que te cuesta hacerle un favor, el gran sacrificio que haces por ella? Eso no es querer. Él, desde luego, −reflexiona− habría salido a por su hermana sin pensárselo dos veces o… bueno, sí, tal vez pensándoselo dos veces, o incluso tres, porque sabe que lo que le está pidiendo es una putada pero, de cualquier manera, sin echárselo en cara porque el cariño que le tiene pasa muy por encima de cualquier incomodidad, real, sí, pero pequeña en comparación. Rebeca no tenía derecho a hacerle sentir tan mal; ¡como si no supiese él que le está pidiendo un esfuerzo! Ya lo sabe, y no tiene derecho a echárselo en cara. Eso ha estado muy mal.
¿Cuál creéis que sería vuestra respuesta más probable si os vieseis en esa situación (no pregunto por la respuesta mejor sino por la más probable, la que más probabilidades tendría de ocurrir)?
Recapitulemos. Cualquiera de los dos podría haber zanjado la cuestión en el momento de plantearse: Rebeca podría haberse comido su incomodidad y haber dicho:
— Sí, no te preocupes, en diez minutos estoy ahí. Métete en el “Tomaivi” y cuando esté llegando te hago una perdida.
O, incluso, podría haber dado un poco de rienda suelta a su enfado y haber dicho:
— ¡Ay, despistao!, ¡es que mira que eres despistao!, ¡mira que olvidarte el paraguas hoy! Venga, métete en el “Tomaivi” y cuando esté llegando te hago una perdida.
Y el problema relacional no habría llegado a plantearse. Cierto que Rebeca habría tenido que tragar un poco de veneno, una gotita tan sólo, pequeña, casi insignificante… pero no habría importado porque se habría salvado la relación y, a la larga, el amor lo compensa todo con creces, ¿no?
También Lander podría haber zanjado la cuestión antes de que se plantease: tras la primera respuesta de Rebeca −la respuesta adulta y evolucionada− podría haber contestado:
— Gracias, Beca, eres cojonuda. Te debo una.
— ¡Ya lo creo! –habría rematado Rebeca −. Métete al “Tomaivi” y cuando esté llegando te hago una perdida.
Y no habría pasado nada más. Sólo que ahora habría sido Lander quien habría tenido que tragar veneno, una gotita tan solo, pequeña, casi insignificante… pero no habría importado porque se habría salvado la relación y, a la larga, el amor lo compensa todo con creces, ¿no?
Sin embargo las cosas no suelen suceder así, y lo más probable es que Lander tampoco hubiese querido quedarse con el sabor del veneno en la garganta y que hubiese coronado la jugada con esta frase:
— Oye, si tanto te cuesta venir a buscar a tu hermano, no vengas, ya iré andando. Total, sólo graniza un poco.
¿Sabéis por qué? Porque así vuelve a tirar la pelota al tejado de Rebeca, que es la que ahora empieza a sentirse mal y se pregunta si se ha equivocado con su meditada respuesta y en qué, si Lander no merece su amor u ocurre al revés, que es ella quien no sabe querer de forma incondicional, que le ha hecho notar que le pone por delante de ella misma… ¿había necesidad de decirlo? ¿Y qué hace ahora? ¿Va a buscarle o se enfada y «¡que te den!»?
La situación es tal que si uno de los dos no para, si nadie decide libar la copa de ponzoña a que la vida le invita, la tensión escala hacia más y se deparan una buena semana de morros, independientemente de que, al final, Rebeca vaya o no a buscar a Lander. Pero si uno cede de sí por el otro y apura su cáliz ¿en qué se transmuta esa gotita en el cuerpo del bebedor?, ¿acaso en odio: gotita de ponzoña = gotita de odio que se acumula y se apunta en los libros de las rencillas y los méritos para sacarlo a relucir cuando sea preciso? ¿Se convierte en algo que me deben?
En una de las dos salidas posibles, ambos prefieren no sorber la gotita de ponzoña que les corresponde y que, de tragarla alguien, sea el otro quien lo haga; en esa posibilidad la gotita de veneno importa mucho, por mínima que sea. En la otra, el veneno parece importar menos y uno de los dos decide tragárselo, por amor o por impotencia, y comienza el ciclo de su transmutación en odio. Y así, a la larga, las parejas suelen estar equilibradas –en el mejor de los casos− en cuanto a amor y odio, odio que o bien sale como un huracán o que, por mor de la convivencia, del miedo al cambio, de la costumbre, etc. se va transmutando en indiferencia porque «ojos que dejan de ver, corazón que deja de sentir».
¿En cuál de las dos posibilidades reside el amor? ¿O hay alguna otra? ¿Qué haríais vosotros −o mejor− qué soléis hacer en esas situaciones? ¿Habéis conseguido alcanzar en vuestras vidas el amor incondicional? ¿Y os va bien?