CALLEJÓN SIN SALIDA (V)
EL DULCE Y SABIO DOLOR DEL AMOR
(tres relatos y una digresión novelada sobre las golosuras de matar por amor y morir por más amor)
N.B. En el texto se habla de hombres y mujeres, pero esas denominaciones pueden sustituirse por las correspondientes a cualquier otro tipo de pareja o relación.
¡El amor! ¿Qué hay más grande, mejor y más humano y humanizante? Seguramente Vd. lo tendrá claro: nada. Sin embargo, la literatura rebosa de ejemplos en que la renuncia, el sacrificio y una infidelidad que parece irrefrenable forman parte del cuadro completo del amor humano: un cuadro doliente en que unos dan la vida y después la arrebatan sin poder remediarlo, y otros mueren con gran placer y gusto para redimir las culpas de los anteriores… todo ello envuelto en gran belleza, la belleza del sabio y dulce –y desesperante y desesperado−, pero de cualquier forma, fecundo –aunque insoportable− dolor del amor.
Los tres relatos que vamos a visitar versan sobre esos bellos, sabios y magníficos dolores: el de ellos, que se dan cuenta de que su amor, muy contra su voluntad, acaba haciendo daño, y el de ellas, abocadas a los gustosos y voluntariosos renuncia y sacrificio de sí mismas como alto destino designado por algún dios misericordioso y, sin duda, amigo de las mujeres –y ya de paso, también de los hombres, desde luego−.
La bella durmiente
El primer relato, titulado “La bella durmiente”, es de Quim Monzó y aparece en su libro El porqué de las cosas (Anagrama, Barcelona 1994). Expone el tema del amor que ardorosamente da vida, y contra su deseo –pero precisamente por su deseo− prontamente la arrebata, dejando un espectro vacío abandonado a su suerte, suerte que había comenzado con ese amor que le trajo a la vida y que le ha arrojado de ella. ¿Un lío? Ya, pero ¿acaso las relaciones humanas basadas en el amor-sexo no son un lío de tirarse de los pelos? Ventura Pons hizo en 1994 una película sobre el libro de Monzó, con el mismo título. El texto que ofrecemos es el de la película.
En medio de un claro, el caballero ve el cuerpo de la muchacha, que duerme sobre una litera hecha con ramas de roble y rodeada de flores de todos los colores. Desmonta rápidamente y se arrodilla a su lado. Le coge una mano. Está fría. Tiene el rostro blanco como el de una muerta, y los labios finos y amoratados.
Consciente de su papel en la historia, el caballero la besa con dulzura. De inmediato la muchacha abre los ojos, unos ojos grandes, almendrados y oscuros, y lo mira: con una mirada de sorpresa que enseguida −una vez ha meditado quién es y dónde está y por qué está allí y quién será ese hombre que tiene al lado y que, supone, acaba de besarla− se tiñe de ternura.
Los labios van perdiendo el tono morado y, una vez recobrado el rojo de la vida, se abren en una sonrisa. Tiene unos dientes bellísimos. El caballero no lamenta nada tener que casarse con ella, como estipula la tradición. Es más: ya se ve casado, siempre junto a ella, compartiéndolo todo, teniendo un primer hijo, luego una nena y por fin otro niño. Vivirán una vida feliz y envejecerán juntos.
Las mejillas de la muchacha han perdido la blancura de la muerte y ya son rosadas, sensuales, para morderlas. Él se incorpora y le alarga las manos, las dos, para que se coja a ellas y pueda levantarse.
Y entonces, mientras la muchacha −débil por todo el tiempo que ha pasado acostada− se incorpora sin dejar de mirarlo a los ojos, enamorada, gracias a la fuerza de los brazos masculinos, el caballero se da cuenta de que, unos veinte o treinta metros más allá, antes de que el claro dé paso al bosque, hay otra muchacha dormida, tan bella como la que acaba de despertar, igualmente acostada en una litera de ramas de roble y rodeada de flores de todos los colores. Y mientras, con el gesto congelado, la mira atónito, se percata de que un poco más allá hay aún otra bella muchacha, y un poco más allá otra, y ya casi donde la vista se pierde entre los árboles, otra más, todas a cual más bella y todas dormidas para él, como esperando su beso.
***
¿Podemos imaginar el estupor y la despiadada lucha interna del Caballero? Ya se las prometía inmensamente felices en un delirio de amor (y sexo) eternos con la arrebatadora doncella cuando, a poca distancia, van apareciendo otra y otra y otra más, a cuál más arrebatadora, todas reclamando su beso para despertar a la vida. ¿Cómo puede negarse si ésa es su misión? Ama y desea intensamente a la primera pero sabe que va a acabar cediendo a la exigente llamada de las otras porque siente un empuje fatal[1] que le arrastra con una fuerza irresistible que pasa por encima de su entendimiento y de toda otra consideración (familia, hijos, amistades, conveniencia, consecuencias…); y sabe que, por eso, ella va a regresar a la muerte en vida, porque una mujer sin el amor del hombre que la ha despertado y a quien ha entregado su cuerpo y su alma sin dejar resquicios se convierte en un espectro vacío.
La mala conciencia le carcome y el arrepentimiento le corroe el alma porque sabe qué va a hacer, qué tiene que hacer, qué no tiene fuerzas para no hacer, y que, por ello, su amor va a acabar haciendo un daño infinito, tan infinito como la entrega que su ardiente beso ha despertado; sabe que su amor da vida y mata, y no puede hacer nada por evitarlo.
«Si me has despertado a la vida, que eres tú, pero me la quitas para dársela a otra; si prefieres llevarla a otro lado antes que mantenerla en mí ¿para qué me has despertado?»
A lo que al bello Caballero de resplandeciente –siempre resplandeciente− armadura y pronta espada no le cabe sino responder:
«Hay más esperando a ser revividas por mí, no puedo resistirlo, me atraen de manera irrefrenable, mi destino y mi quehacer en la vida es despertarlas; debo despertarlas y no puedo no querer hacerlo, es un anhelo que pasa por encima de mí y me da vida».
Sentirse encerrado en un cercado sin salida puede tornarle irascible, violento y despectivo para con la que ¡pretende retenerle!:
«Que solucione ella su problema en lugar de echármelo a mí; ¿por qué no sabes apañártelas sin mí?, torpe; ¿por qué no puedes compartirme?, eres una egoísta; y por eso ya no te puedo querer, ya no te quiero.
¿Serán así todas las mujeres? ¡Ah, no! ésa que está ahí delante, aún dormida pero anhelándome, va a ser todo pasión y amor, como promete su figura, todo dádivas sin exigencias, me hará sentirme libre, no me atará; con ella me multiplicaré, juntos nos multiplicaremos, nuestro amor no será una merma sino una suma».
Y, presa de un candor que sería admirable si no fuese pecador, abandona a la anterior y se dirige a despertar a la siguiente torpe y egoísta a fin de vivir con ella el presentido delirio de intimidad, promesa sucesiva y sucesivamente defraudada, de la que difícilmente llegará a desesperar a pesar de que las experiencias la desmientan una y otra vez.
Rigoletto
El segundo relato es la ópera Rigoletto. Esta ópera aborda también el drama del amor que da vida y la mata, pero sólo para presentar al objeto de la redención que se va a operar porque alguien va a morir por él. Ese objeto es el Duque de Mantua, un Don Juan de libro, orgulloso y despreocupado depredador de mujeres, condena de la que es inocente porque él, simplemente, es así. Su inconsciencia es tal que por ese lado no hay esperanza de redención. Necesita de alguien que se sacrifique por él y opere desde fuera su redención, porque lo que es por él… necesita un amor dispuesto a morir para redimirle, y ese amor, por suerte para él, existe, se llama Gilda y está dispuesta a sacrificarse sin pedirle nada a cambio,−¡eureka!−.
La parte del argumento que nos concierne es:
Gilda es la bella, pura, inocente, amorosa y obediente hija del bufón Rigoletto, a la que éste mantiene encerrada en casa, en secreto, para librarla de los peligros de los cortesanos, que sólo viven para acumular oro, conquistar y mancillar mujeres y alardear de ello, y que él, Rigoletto, tan bien conoce por ser el bufón del Duque de Mantua, que es el peor de todos ellos.
Con sus propias palabras el Duque se define así: «Esta mujer o aquélla son para mí iguales a cualquier otra que veo a mi alrededor; no cedo el gobierno de mi corazón a una beldad más que a otra. Su complacencia es como el don con que el destino me infunde vida; si hoy es ésta la que me resulta atractiva, mañana será otra la que me agrade. A la fidelidad, tirana del corazón, la detesto como a una enfermedad cruel. Que se mantenga fiel quien así lo quiera: no hay amor si no hay libertad. Me río de los celos furiosos de los maridos y del desvarío de los amantes».
Rigoletto le describe así: «Todo le va bien, el juego y el vino, la fiesta y el baile, los convites y las batallas».
Rigoletto es deforme, jorobado y vive resentido y es cruel por ello. Pero hubo un ángel−mujer que, a causa de su soledad, deformidad y pobreza, sintió piedad de sus penas y lo amó con compasión. Por desgracia murió, pero le dejó una hija, Gilda, que es su único consuelo y enlace con la ternura y el amor, amor al que ella, inocente, tierna y candorosa flor, corresponde con filial devoción, espoleada por el profundo dolor que ve en su padre.
El Duque se entera de la existencia de Gilda y se propone seducirla. Se hace el encontradizo varios días en la iglesia y una noche, tras sobornar a la sirvienta, se cuela en su casa en el momento en que la muchacha está confesando a la sirvienta su amor por el desconocido joven de la iglesia. Le dice que le amaría más si fuese pobre que rico, que sueña con él dormida y despierta y que suspira por poder decirle “te amo”. El Duque entra en la estancia y, postrado, la engatusa con bellas, tiernas y encendidas frases de amor, identificándose con el nombre falso de Gualtier Maldè, estudiante y pobre. Se declaran su amor, pero el Duque, que ha sido tocado por la ternura sin artificio de la muchacha, tiene que salir precipitadamente porque viene gente. Gilda, enardecida, promete fidelidad eterna al nombre de su amado, el primero que ha hecho palpitar su corazón con las delicias del amor, el que la ha despertado a la vida de verdad.
Tras una peripecia que no hace al caso, Gilda se entera de que su amado es, en realidad, el Duque, y de que le ha mentido, por lo que se siente traicionada. Se lo cuenta así a su padre, Rigoletto, y éste, asustado y airado porque adivina las verdaderas intenciones del Duque, jura venganza mientras Gilda solicita perdón para él porque, a pesar de todo, lo ama y está convencida de que él también la quiere.
Para desengañarla Rigoletto la lleva a la posada del matón Sparafucile para que oiga lo que el Duque piensa de las mujeres y vea cómo flirtea y seduce a la hermana de éste, Maddalena, con los mismos requiebros de amor con que antes la había conquistado a ella. Gilda siente cómo se rompe su corazón. Su padre le dice que huya a Verona disfrazada de hombre y que él la alcanzará allí. Gilda parte y Rigoletto contrata a Sparafucile para matar al Duque y meter el cadáver en un saco que él mismo quiere darse el placer de tirar al río.
Se desata una tormenta y el Duque se queda a dormir en el granero de Sparafucile. Gilda, que no ha huido a Verona, regresa vestida de hombre y observa por una rendija los preparativos del sicario para matar al Duque. Maddalena, que ha quedado prendada del irresistible encanto del Duque, pide piedad a su hermano y éste se aviene a matar, en su lugar, al primer hombre que pida asilo en la posada esa noche. Gilda lo oye y decide sacrificarse por su amado: «¡Qué tentación, morir por el ingrato!… ¡Ah! si él ha traicionado mi amor yo voy a dar mi vida por la suya». Llama a la puerta y mientras espera que le abran, clama piedad para sus asesinos, pide perdón a su padre por lo que va a hacer y desea que el Duque, a quien va a salvar, sea feliz. Maddalena abre la puerta y Gilda, vestida de hombre, entra en la posada.
Rigoletto llega a medianoche, el matón le entrega un saco con el supuesto cadáver del Duque, cobra y regresa a la posada. Mientras el bufón arrastra el saco hacia el río le parece oír a lo lejos la voz del Duque, que canta alegre. Confuso, abre el saco y se encuentra a su hija agonizante, que le dice: «Le amé demasiado, ahora muero por él … Perdóname a mí, a él … Allá, en el cielo… rezaré eternamente por ti … Perdónale» .
***
¿Qué hay en esto que sea digno de ser representado en la magnificencia de una ópera? ¿Nada … o todo? ¿Qué pensaríamos de los caballos o a las gacelas si los viésemos comportarse según esos modelos. Sin embargo, para nosotros es el pan de cada día, el rédito que el idolatrado amor suele comportar para la vida de las mujeres de carne y hueso. En los relatos literarios todo es bello, incluso el sufrimiento lo es porque es sufrir por amor, y el amor todo lo embellece… todo… ¿todo? Sí, rotundamente todo, porque saca a la luz la belleza del sacrificio y la hermosura de la renuncia, haciendo de ellos el alto destino que por misericordioso designio divino nos compete a todos, pero principalmente a los seres que son todo amor, que viven para el amor y que son definidos por él: las mujeres. La bailaora soriana Trinidad Sevillano afirmaba en la sección “Flashes” del periódico DEIA el 9 de agosto de 1991: «Podría morir de amor todos los días sin cansarme»; y la escritor toledana Sagrario Rubio escribía en el poema “Sobre el tiempo”, contenido en su libro Poemías (Aula de cultura de Getxo, Getxo 1991): «Y sin embargo / a mí me gusta hablar de amor / −pido perdón por ello−. / Lo demás… / es hablar del tiempo».
Pero… ¿no chirría algo en eso de que el amor que celebran las propagandas culturales que nos seducen a diario haya de contener renuncia y sacrificio? … Pues sí, porque por muy hermosos que sean, más lo son la generosidad y la alegría desbordantes, que no precisan ser ningún alto destino para relucir con luz propia. Entonces, ¿por qué el amor…? Porque el amor, tal como lo vivimos, es un “amor de resta”, no un “amor de suma”, como debería ser.
¿Qué es eso de “amor de resta”? Parece un enunciado blasfemo, merecedor de contraataques justicieros y nada amorosos. ¿Cómo puede ser el amor una resta si es lo más positivo que hay, lo que más suma, lo que más nos eleva, lo mejor a lo que podemos aspirar, lo que amansa a las fieras más que la música…? Sin embargo, tantísimas producciones literarias que incluyen el dolor y su belleza como ingrediente del amor deberían advertirnos de que tal vez no sea oro todo lo que reluce… por mucho que reluzca.
El amor culturalmente celebrado como tal tiene como buque insignia el amor de una madre por sus hijos. Parece que no haya un plus ultra en amor; todos los demás amores deberían copiar de ese amor mayúsculo, espontáneo, verdaderamente incondicional, supraterreno y, por supuesto, suprasexual, que es el amor de una madre. Independientemente de que eso sea cierto o no y de que a las mujeres les florezca, o no, espontáneamente y a raudales ese bendito amor, hemos de darnos cuenta de que está concebido como renuncia y sacrificio: es un lugar común calibrar el amor de nuestra madre en base a los sacrificios que ha tenido que hacer por nosotros; una mujer que no es capaz de renunciar a sí misma por sus hijos (y su marido), no es presentable. ¡Mejor dicho! ¡Una mujer que no pone como objetivo de su vida a sus hijos (y su marido) es una mala esposa, peor madre y pésima como mujer y persona!
Por esa razón ese amor ideal es un amor de resta, porque se les exige –dicho sin paliativos: se les exige− a las mujeres que hagan de sus hijos (y su pareja) el objetivo de su vida, renunciando a sí mismas (…con el retorcido goce de saber que en realidad no es renuncia sino ¡realización!, porque ¿qué más ES una mujer que esposa y madre?) Eso es la resta: la poda de la vida de una mujer de todo lo que no sea el dulce matrimonio y la descansada maternidad; es una resta que se opera sobre la persona que tanto y tan bien sabe amar, la mujer: su realización como persona-mujer es la renuncia a sí misma; eso es lo que la realiza, lo que le da entidad, lo que le hace alguien digno, valioso y valorado, la renuncia a sí por los demás.
¿Podemos imaginar mayor ironía? Pues llevamos milenios conviviendo con esa ironía, y llevándola como estandarte de humanidad. ¿Repetimos?: ¿qué hay más grande que el amor de una madre? Por eso se permite Juan, el evangelista, el discípulo amado del Señor, decir aquello de que «Nadie tiene amor mayor que éste de dar la vida por sus amigos» (Evangelio de San Juan 15,13). ¿Acaso no está estableciendo un objetivo, un ideal?: el amor más grande, para merecer ese título, ha de comportar la mayor de las restas, la renuncia más absoluta: la utilización de la vida propia como abono para la vida de aquéllos a quienes se dice amar.
El holandés errante
El tercer relato narra los amores de Senta y el Navegante, expuestos en la ópera El holandés errante o El buque fantasma, de R. Wagner. La acción nos remite a la leyenda del Holandés errante, barco y capitán mitológicos que pactaron con el diablo para conseguir salir siempre ilesos de los peligros del mar. Dios les castigó por ese pacto negándoles rumbo y puerto, y desde entonces vagan a la deriva como un buque fantasma. Son muchos los marineros que afirman haberlo visto surgiendo de entre la niebla envuelto en una luz fantasmal. Como dato moderno, aparece en la saga de Piratas del Caribe.
La parte del argumento que a nosotros nos concierne es como sigue.
Senta, hija del capitán de navío Daland, espera el regreso del barco de su padre, hilando en la rueca junto con otras muchachas de su pueblo, que cantan alegres pensando en el día en que se casarán. Senta, sin embargo, no canta ni hila porque está absorta en la contemplación del cuadro de un barco que se ve rodeado de una luminosidad sepulcral: el Holandés Errante. Recrimina a su nodriza, Mary, el haberle narrado la historia porque la ha dejado enamorada del desdichado sino del personaje, el Hombre pálido, el Navegante.
Senta les canta a sus compañeras la leyenda: el Holandés sufre la maldición divina de errar eternamente por los mares, sin rumbo ni puerto y convertido en espectro, por haber hecho un pacto con Satanás. Hay, con todo, una débil esperanza para él: quedará redimido de la maldición si encuentra una mujer, un ángel de Dios que, con su fidelidad hasta la muerte, le muestre el camino salvador. Cada siete años se le permite desembarcar y buscar a esa mujer-ángel, aunque hasta ahora no ha tenido suerte pues muchas le han prometido lealtad y luego no la han mantenido.
Hoy, precisamente, se vuelven a cumplir los siete años. Senta se muestra ante sus amigas ardiendo en un amor que es compasión, deseosa de cumplir ese destino. Ama a Erik, su novio, pero el sufrimiento del Hombre pálido le produce una piedad tan intensa que se impone a todo lo demás y le hace desear compartir su destino y perecer con él.
Daland, que ha encontrado al Navegante en el puerto, lo ha invitado a su casa y le ha ofrecido la mano de Senta, movido por la codicia de los tesoros que el Holandés le ha prometido (antes de conocer a la muchacha). Al verse, Senta y el Navegante quedan fascinados y extasiados, como unidos por un destino arcano. Ella percibe que una ternura inmensa, que es una energía embriagadora, la despierta de la ilusión en que ha vivido hasta ahora y, anegada en los dolientes rasgos y la inimaginable aflicción del desdichado hombre que está ante sus ojos, se ofrece a que la salvación le llegue a través de ella, sea él quien sea y cualquiera que sea su infortunio.
El Navegante le advierte de que no se comprometa «si no puede llamar suya a la más bella virtud femenina, la eterna fidelidad». Senta le responde: «Conozco el sagrado deber de la mujer, hombre desdichado. ¡Permite que participe de tu destino aquélla que puede detener su marcha! En mi puro corazón guardo el supremo mandamiento de la fidelidad. ¡A aquél a quien me consagre le seré fiel hasta la muerte!». Ante esas promesas el Holandés no cabe en sí de esperanza, gozo y agradecimiento.
En el último acto, y en medio de un rifirrafe de malentendidos entre Senta, el Holandés y Erik, nos enteramos de que el castigo para la mujer que rompa su voto de fidelidad es la condenación eterna. El compromiso de Senta con el holandés aún no se ha ratificado ante Dios, y el Navegante, que a la vista de Erik y basado en anteriores experiencias, ha dudado de la lealtad de Senta, se hace raudo a la mar en su barco de espectros porque ama a Senta más que a sí mismo y prefiere renunciar a su propia vida antes que condenarla a ella para toda la eternidad.
Senta, en el paroxismo del dolor de verse abandonada, se sube a una roca alta y gritando contra el viento «¡Aquí me tienes, fiel hasta la muerte!» se arroja, enloquecida, al mar para demostrarlo muriendo.
Pero en ese momento, la nave que se alejaba se hunde, y se ve elevarse de entre las olas al Holandés y a Senta, transfigurados y abrazados. Senta se estrecha contra el pecho del Navegante y con la mano señala al cielo.
***
En estos tres relatos, envueltos en música y brillantes escenarios, el hueso endurecido de nuestra historia se muestra sin carne que lo recubra y le dé apariencia humana. En los tres vemos mujeres que mueren por amor a un Hombre “difícil” que previamente las ha despertado a la verdadera vida, al amor, y al que, para su desgracia, han quedado enganchadas sin remisión. En eso el lenguaje popular no deja lugar a dudas:
· las mujeres se hacen mujeres por la acción de un hombre sobre ellas: «me tomó entre sus brazos y me hizo mujer» dice a menudo la cultura popular;
· un varón se hace hombre a través del enfrentamiento a desafíos de cualquier formato que sea: tradicionalmente el Servicio militar (la mili), pero también las guerras y desafíos de todo tipo, el trabajo, el alejamiento de la casa parental, etc., ésas son las circunstancias que hacen hombre a un varón.
Estos ejemplos del mundo del arte se suman a otros muchos en que el Bien se enfrenta al Mal y lo vence a través de alguien (esclavos, servidores, niños, misioneros, etc.) cuyo sacrificio hace reflexionar y enternece el duro corazón de un Dueño de carácter complejo, violento o brutal. El planteamiento dramático es siempre el mismo: un personaje débil y sometido y, por ello, puro y bueno (mujer) siente una afición fatal (amor) hacia un antagonista de temperamento difícil, malvado o fiero, que la lleva a sacrificarse por él, ya que sabe que ella es su única esperanza de redención. No siempre queda claro en esos episodios que el hombre se redima; lo que sí queda meridianamente claro –en el arte y en la vida real− es que la mujer se sacrifica y que en ese sacrificio encuentra su realización como mujer.
Digresión novelada: y la nave va…
Hay una diferencia importante en el final de ambas óperas. En la obra de Wagner el Holandés queda redimido por el sacrificio de Senta; sin embargo en la de Verdi la muerte de Gilda no parece haber servido para nada: el Duque duerme tan feliz, ajeno a la tragedia que se desata a sus espaldas, y cuanto despierta canta alegre pensando en Maddalena o, tal vez, planeando ya su próxima conquista no vaya a ser que Maddalena se aficione demasiado a él… a él le gusta sentirse libre. Podemos imaginar que si llegase a enterarse del gesto de Gilda, ladraría contra el jorobado por instigador y contra el matarife por avenirse al trato, pero la chica le parecería una idiota y se alegraría más por la suerte de haberse librado tan fácilmente de ella, de lo que sentiría su muerte.
Así que abandonemos a su fortuna –y a su infortunio− al buen Duque porque no tiene remedio, y centrémonos en el Navegante, que parece un buen hombre que, dado el profundo agradecimiento que debe de sentir por Senta, promete una mejor relación que cualquiera de las que pudiera establecer el gentil Don Juan de Mantua. Las historias de amor tienen la mala costumbre de acabar cuando empieza lo bueno; Senta y el Navegante se han encontrado, por fin, tras una peripecia muy peligrosa y dramática que casi da al traste con sus vidas y, ahora que empieza lo bueno ¿se acaba el cuento?
Hagámosle un favor a Wagner, que escribía él mismo los libretos de sus óperas, y continuemos la historia para dar un poco de sosiego y animación al lector/a, aprovechando que entramos en el delirio de amor de dos personajes que se aman con locura, hasta más allá de la muerte, como ha quedado bien demostrado. Veamos, pues, ya que aún tenemos suficiente tinta y papel por delante, cómo lo disfrutan durante la vida antes de llegar a una muerte sosegada y amorosa.
Según las precisiones finales del libreto «Senta se estrecha contra el pecho del Holandés y con la mano señala al cielo» mostrando así el triunfo del amor sobre la muerte, sobre la maldición, el dolor, la venganza, el horror, el destierro… en definitiva, sobre el desamor que anega al mundo. Y los amantes ascienden, abrazados, a esos Olimpo y Parnaso[2] en que habita lo más divino de lo humano, lo más inspirador: el amor, dios e inspiración universales. Suben arropados por un volcán de sensaciones, emociones y sentimientos que los envuelven en una vorágine vertiginosa que fusiona sus cuerpos y sus almas. Los fuertes brazos del hombre rodean, como protegiéndola, a la mujer, que se acurruca dentro de ellos, y el Navegante lo siente así: la amará y cuidará siempre, a ella y a todo lo suyo. Lo tiene claro, diáfano, nunca lo ha sentido con tanta intensidad. El destino se abre glorioso ante él… perdón, ante ellos.
Al cabo de pocos metros de ascensión, Senta nota algo que se endurece y reclama atención un poco más arriba de su pubis −el Holandés es más alto, cosa que a ella le encanta… tan grande, tan fuerte, tan poderoso…−. De primeras no sabe qué es, y alza sus chispeantes ojos al Holandés, que baja un poco los suyos, como azorado, a la vez que, avergonzado, intenta aflojar la presión de las caderas. De repente Senta cae en la cuenta de lo que es: recuerda algunas alusiones veladas y maliciosas de sus amigas las hilanderas y vuelve a apretarse contra el Navegante, que ahora sonríe un poco. Ella lo ama y quiere darle todo el placer que guarda su feminidad, todo el gozo atesorado en su amor. Además lo siente tan duro, tan fuerte, tan rígido, tan insobornable que le entran unas ganas inmensas de ser poseída por él: ya se ve transportada a un delirio de entrega mutua que ni tan siquiera había atisbado a imaginar. También siente un poco de miedo…: tan, tan duro… tan, tan grande… cómo puede ser si ella… pero él la ama, se aman, nada puede ir mal.
En ese mismo instante el Holandés baja la cabeza y le da un beso en la boca, tierno, suave, fuerte, intenso, inmenso, jugoso, apasionado… su primer beso. Sus cuerpos y su imaginación se desbocan y lo que era un abrazo estático se convierte en un restregar de cuerpos y almas que se anhelan con pasión irrefrenable.
Acabado el largo beso –se toman su tiempo aunque se sienten inseguros− y tras unos segundos más de maravillosa intensidad, el Holandés afloja un poco el abrazo para mirar a la cara a su diosa. «Ya está», siente él, se han declarado su amor y ahora su deseo: ya está, ha llegado, al fin ha llegado. Se siente un hombre de verdad, su vida tiene objetivos, ya no será más un errar sin rumbo; lo ha conseguido; tiene alguien a quien cuidar y a quien amar… un placer inenarrable le electriza el cuerpo. Y afloja otro poco más el abrazo para coger aire, momentáneamente ahogado por tanto amor. Senta continuaría el abrazo y repetiría mil millones de veces el beso, pero entiende que… bueno, no sabe muy bien qué es lo que entiende, pero lo entiende. Tal vez ella es un poco agobiante… al fin y al cabo también hay que respirar.
El Holandés, nuevamente enardecido, vuelve al ataque: abrazo estrujador, beso asfixiante, erección imponente; el cuerpo de Senta se adapta, dúctil, al suyo y le produce un pacer atronador que le lleva a abrazar, besar y restregarse más y más. Senta se deja hacer, encantada: todo apretujón es placer, toda asfixia es gozo y toda erección es deseo. ¡Qué bien, un hombre para ella, devoto, tierno, delicado, fuerte, atento, fogoso…! Siente que es el centro de su mirada, de su abrazo, de su deseo. Ella, Senta, ella entre todas las mujeres del mundo ha sido la elegida por el hombre al que amaba y admiraba. Siente que su fidelidad se reafirma inquebrantable: si la muerte no consiguió amilanarla, la vida será su tierra fértil. Ella será para él como él es para ella: el uno para el otro… para siempre.
Es claro, por tanto, que le estaba agobiando un poco, sólo un poco pero suficiente. En adelante dejará que sea él quien mande y decida los ritmos. A ella le da igual lo que le haga, todo le gusta con tal de sentirse el centro de su fuerza, de su beso, de su abrazo, de su mirada y de su deseo.
En un instante, tras unos momentos de refriega especialmente intensos, el Holandés manifiesta unos estertores que lo dejan parado, la respiración se le entrecorta, pierde la noción del tiempo y del espacio, pero se agarra con desesperación a Senta que, un poco atónita, no sabe qué le ocurre a su amado ni si preocuparse. Acabados los estertores, el Holandés se separa un poco de ella y le dice «Lo siento, no he podido contenerme pero… ha sido maravilloso… ¿te ha gustado, amor mío?» Y le da un beso un poco menos intenso, y los brazos se le aflojan del cuerpo de Senta. Ésta no sabe qué pensar, pero ha oído “lo siento” y quiere decirle que, sea lo que sea, no tiene nada que sentir porque para ella todo es cielo, que lo ama con locura… y se aprieta nuevamente contra él y lo abraza y lo besa, hambrienta de más y más, para manifestarle su amor sin límites, su apoyo, su entrega, su disposición. Si hay un cielo del amor, un paroxismo del placer, ella los habita en ese momento.
Nota, sin embargo, que él no responde a su frenesí con la furia de antes y, al poco, ella también se separa y lo mira. Tiene el rostro algo desencajado pero alegre, y busca sentarse mientras intenta calmar su respiración. Ella aplaca su ardor –tal vez lo estaba agobiando de nuevo, tal vez es demasiado fogosa, tal vez…− y se sienta junto a él; poco a poco va aprendiendo a tratar al hombre al que ama. Además ¡el paisaje es tan bello! Ha hecho bien en hacérselo notar, si no ella se lo habría perdido. Junto a él todo es bello, sea lo que sea. Se acurruca contra su costado mientras él le echa un brazo por encima de los hombros, un poco distraído y sin el ímpetu de antes.
En su ascensión por encima del vulgar suelo han llegado a las regiones celestiales y allí ven revolotear algunas angelitas caprichosas, juguetonas, gráciles, atractivas… Senta reconoce a sus amigas hilanderas y a algunas otras que vienen atraídas por el glamour del Navegante: su leyenda, distinta de la vida de todos los días, y sus efluvios de amor son como néctar irresistible para ellas. Al verlas, Senta se levanta y, henchida de alegría, va a contarles, a decirles, a narrarles… Y mientras tanto no se percata de que los ojos del Holandés y los de Anja, una de sus mejores amigas, se cruzan varias veces, como al descuido. Y no presiente que el Holandés, de repente y sin proponérselo así, empieza a verla a ella un poco como… no sé ¿tal vez pesada?, ¿con demasiadas carnes en comparación con Anja? ¿No es verdad que da un poco de demasiado calor?
El Holandés no quiere permitírselo, sentirlo le horroriza y vuelve sus ojos voluntariosos a Senta con una sonrisa de oreja a oreja que no consigue ser diáfana. Sin embargo, Anja es todo gracilidad, revolotea como sin peso, despreocupada, aérea. Y el Holandés advierte en sus golosos ojos una disposición inconfundible que le dice «entiendo que ames a Senta, es la mejor… pero te pierdes esto» y bate graciosamente sus sutiles alas en el tenue aire de altura. Contra su voluntad –sí, ¡contra su voluntad!, ¡no quiere sentir lo que siente!−, una punzada de horroroso deseo atraviesa el alma desprevenida del Navegante.
El Holandés quiere cortarse las venas; nota como si dos fieros pero deliciosos caballos –uno un poco más delicioso y el otro en trance de volverse más fiero− tirasen de él en direcciones opuestas descuartizándolo: por un lado, Senta, a la que ama de verdad y a la que debe un agradecimiento eterno; por el otro, Anja y su promesa de ligereza y libertad: juntos volarían alto y libres, y él la cuidaría y protegería. En un momento Senta, que celebra con sus amigas –todas− con gritos y alegría incontenible su peripecia, le mira con arrebatado amor, y el ex−hombre pálido no puede evitar sentir –querría pero no puede, ¡Dios es testigo!− un miligramo de rechazo.
¿Anja o Senta… Senta o Anja?. ¿Por qué no Senta y Anja, Anja y Senta, las dos? ¿Por qué no? ¿Quién le impide lo que tanto desea…?, ¿… acaso Senta? El sentimiento de rechazo hacia su bienamada va aumentando paulatinamente y contra su voluntad, de miligramo en miligramo, hasta pesar como las rejas de una cárcel.
Y mientras contempla a hurtadillas a Anja por encima del hombro de Senta, una enorme erección, más dura y fiera que las anteriores, dicta su clara y terrible sentencia: «¡Anja!» La carne ha hablado, la lujuria se desata intolerante, alea iacta est, la suerte está echada[3].
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A partir de aquí la nave de los sublimes y encendidos amores del Holandés y Senta enfila el rumbo previsto para los amores corrientes de este mundo, derrota demasiado ácida para ser cantada en poemas de amor, pues el daño y el dolor, la incomprensión y la derrota de las ilusiones están servidos. Ésa es la última y desabrida broma de la realidad que las historias románticas evitan referir terminando los relatos en el punto en que debería comenzar la felicidad del encuentro, pues la realidad tiene la mala costumbre de acabar destrozando los sueños que no la tienen en cuenta; y la literatura no canta esa parte del amor porque está hecha para complacer a los corazones, aún a costa de afligirlos a veces.
En este nuestro mundo eso ocurre por necesidad, porque hemos hecho del encuentro un engaño, del amor una matanza y un sacrificio, y del sexo un desahogo, una descarga en que la vagina/culo/boca/mano hacen funciones de mera cloaca por la que se echa –para nada, por eso es una cloaca− un líquido pegajoso que sólo mancha y que hay que limpiarse.
¿Reconoce Vd. esto en su vida y en la de sus amistades? ¿Y tiene alguna idea de por qué esto es así? O bien somos absolutamente imbéciles –yo me resisto a esta hipótesis; no se Vd., pero yo…− o bien hay algo que nos ha empujado a obrar como si lo fuésemos, algo para lo que los infortunios vistos en estos relatos son sólo daños colaterales, lastimosos pero inevitables.
¿Qué puede ser eso? Si tiene alguna idea comuníquemela, por favor, porque sobre mí también pesan y me hieren y me hacen herir a otros, esos cálices de angustioso amargor, de los que me gustaría, más que nada en este mundo, librarme.
[1] En el sentido en que la usamos aquí, la palabra ‘fatal’ proviene del latín ‘fatum’, que significaba destino. ‘Fatal’ será, pues, sometido al destino, controlado por el destino.
[2] El Olimpo es un monte de casi tres mil metros, situado en el noreste de la península griega, en el que la mitología ponía la residencia de los dioses. El Parnaso es otro monte, de altura algo más modesta, que se eleva en el sur de la península. En su falda sur se encontraba el templo de Apolo, construido sobre el Oráculo de Delfos, y se decía que en su cumbre moraban las Musas, las diosas de la inspiración.
[3] Frase atribuida a Julio César. En el siglo I a. de C. César se encamina victorioso hacia Roma tras conquistar las Galias, pero allí le espera un antiguo aliado suyo, Pompeyo, que ansia su ejército y su poder. Llegado a un río llamado Rubicón, que hacía de frontera entre el territorio de las Galias y el romano, César se detuvo, pues cruzarlo significaba desafiar el poder de Pompeyo. El ejército, temeroso de las consecuencias, se mostraba remiso a vadearlo. Cuentan que entonces César lo franqueó solo sobre su caballo y desde la otra orilla increpó a los soldados con aquella frase mítica que ha pasado a la historia: «Alea iacta est», la suerte ya está echada.